La olvidada resistencia española contra Napoleón
Es frecuente que se afirme que en 1810 solo Cádiz quedaba como reducto de los rebeldes en la España peninsular. A veces se recuerda a Cartagena y Alicante, pero se olvidan de Galicia, Asturias y León, probablemente porque no se produjeron allí grandes batallas. Es también habitual, no solo en la historiografía británica, que se atribuya a Wellington y sus tropas el papel decisivo en la victoria. Es innegable su protagonismo en Talavera, Ciudad Rodrigo, Badajoz, Arapiles y Vitoria, pero nunca hubieran podido ganar la guerra ellos solos. Tampoco hubiera sobrevivido la resistencia española sin la ayuda material, la protección de la flota y la intervención directa del ejército británico –sin olvidar la participación de los portugueses– y la liberación de Portugal fue decisiva para que se produjese la de Galicia y Napoleón se sintiese permanentemente amenazado desde el oeste.
La guerra la ganaron los ejércitos regulares aliados, pero esa victoria se vio facilitada por la actividad de la guerrilla y el rechazo de la inmensa mayoría de la población a la ocupación. Hubo colaboracionistas, cundió la desmoralización con las derrotas y la prolongación del conflicto –la deserción es una consecuencia–, pero en ningún sitio como en España le resultó imposible a Napoleón organizar una administración con partidarios locales. José I nunca tuvo un ejército y, con frecuencia, ni siquiera una policía integrada por españoles –salvo los comisarios y algunos agentes, no excepcionalmente dobles o inseguros–, la Constitución de Bayona nunca pudo aplicarse. Aunque hubiese algunos millares de josefinos honestos y convencidos, fue una guerra de resistencia contra la ocupación.
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