La primera batalla química y el orín como solución

El 22 de abril de 1915 fue un día soleado. A las 17.30 a las afueras de la ciudad belga de Ypres aguardaban miles de soldados en una calma tensa en la I Guerra Mundial. De un lado, el Imperio alemán; en el otro, Francia, Reino Unido, Australia y Canadá. De repente, los combatientes canadienses, más cercanos al límite entre ambos campamentos, comenzaron a ver una «extraña niebla verdosa amarilla que parecía inexplicablemente fuera de lugar en la brillante atmósfera de aquel claro día de abril», contó uno de los supervivientes del primer ataque con gas en una guerra. Ese gas tóxico era cloro, mató más de 1.100 soldados y dejó gravemente heridos a varios miles más.
Detrás de este episodio se encontraba el químico Fritz Haber, uno de los científicos más prestigiosos de su época y quien ganaría el premio Nobel tiempo después. Consiguió, tras muchas discusiones con el Alto Mando alemán, realizar una prueba y liberar gas de cloro sobre las tropas aliadas. El propio Haber supervisó la colocación de 5.730 bombonas a lo largo de seis kilómetros.
Los canadienses empezaron sintiendo «una sensación de que la cabeza ardía, agujas al rojo vivo en los pulmones, la garganta como si estuviera atenazada por un estrangulador», relató el superviviente canadiense. «Muchos se derrumbaron y cayeron muertos. Los otros, jadeando, tambaleándose, con rostros desencajados, las manos gesticulando salvajemente y unos gritos roncos de dolor, corrían locamente a través de las aldeas y granjas y hasta el propio Ypres, llevando el pánico a los remanentes de la población civil y llenando los caminos de fugitivos de ambos sexos y de todas las edades».
Un joven soldado alemán escribió a su hijo: «Lo que vimos fue muerte total. No había nada vivo. Todos los animales habían salido de sus madrigueras para morir… Veías sitios donde los hombres se habían arañado la cara y la garganta intentando respirar. Algunos se habían pegado un tiro».
Sin embargo, esa misma tarde, el militar canadiense George Nasmith identificó el gas alemán. Desde un pequeño laboratorio en la retaguardia, indicó a los enfermeros que iban al rescate de los heridos que orinasen en un pañuelo y se protegieran la boca y la nariz. «Era química básica, el amoníaco de la orina, una base, podía reaccionar con los ácidos que formaba el cloro al reaccionar con el agua y neutralizarlo», explica Alonso. Los ataques no volvieron a ser tan letales como el primero, pero se siguieron utilizando e incluso mejorando en otras contiendas.

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