En la era nuclear

Primero en el desierto de Nuevo México, después en el de Nevada, en las Islas Marshal y en otros 120 lugares más, los norteamericanos empezaron a realizar pruebas nucleares desde 1945. Hiroshima y Nagasaki supusieron la culminación del llamado «Proyecto Manhattan». De forma paralela, también se experimentó con la bomba de hidrógeno, con un potencial destructivo mucho más incontrolable y devastador.
Aún así, «algunos entusiastas del poder del átomo, entre ellos algunos científicos respetables propusieron usar esa potencia explosiva “en favor de la humanidad” como por ejemplo volando montañas para hacer minas a cielo abierto, y de hecho se hicieron pruebas de generación de cráteres en el Emplazamiento de Pruebas de Nevada, desviando ríos (así el Danubio solo regaría países de este lado del telón de acero), destruyendo obstáculos para la navegación (se propuso volar la gran barrera de coral de Australia), colocando 26 bombas en fila para hacer un nuevo canal de Panamá o incluso ajustar el clima modificando la cantidad de polvo nuclear en la atmósfera (con la idea de que no hubiese nunca más inviernos duros en el norte de los Estados Unidos y enviarlos de forma permanente a la Unión Soviética). Para reír, si no fuera de llorar», señala Alonso.
Sin embargo, la opinión pública estadounidense empezó a recibir también fotografías que los daños que ocasionaban estas armas, incluso en niños no nacidos, lo que provocó un sentimiento de rechazo ante la nueva tecnología.
Después, los accidentes radiactivos de Three Miles Island, Chernobyl y Fukushima pusieron en el punto de mira incluso la seguridad de las plantas creadas para proporcionar energía. Volviendo a Einstein y a su dilema con este tema: «La liberación de la energía atómica no ha creado un problema nuevo. Tan solo ha hecho más urgente la necesidad de resolver uno que ya existía».

Comentarios

Entradas populares de este blog