La irrupción del gas sarín
Sin color, sin olor y con un poder neurotóxico brutal, el gas sarín fue descubierto en 1937 cuando se buscaban insecticidas más potentes. Sin embargo, el ejército alemán vio sus posibilidades contra el enemigo y fue producido en masa para usarse como arma en la II Guerra Mundial. «Se construyeron plantas piloto y se probó su liberación en proyectiles de artillería pero no se llegó a utilizar militarmente por miedo a las probables represalias por parte de los ejércitos aliados», explica Alonso. Tras la contienda, la OTAN lo incluyó en su arsenal químico estratégico y tanto la Unión Soviética como los Estados Unidos procedieron a su fabricación a gran escala en el contexto de la Guerra Fría. En el 93 se prohibió su producción y almacenamiento, y en 2007 se inició su paulatina destrucción.
Este agente que provoca la destrucción de los neurotransmisores -responsables de las señales nerviosas- provocan que «la nariz empiece a gotear, los ojos a llorar, nuestro sistema intestinal pierde el control y empezamos a vomitar (...). A continuación nos empieza a doler el pecho y la vista se vuelve borrosa, ha pasado apenas un minuto. Después se inician las convulsiones y llega la parálisis de los músculos que mueven los pulmones, la asfixia y la muerte».
Aún así, fue utilizado en diferentes contiendas y ataques terroristas: en 1988, Sadam Hussein lo usó contra la población kurda y murieron 5.000 personas. En 1994, el grupo Aum Shinrikyo liberó una forma impura de sarín en Matsumoto, Nagano. Murieron ocho personas y fueron afectadas unas 200 más. Un año más tarde, la misma secta realizó varios ataques con sarín en el metro de Tokio. Murieron trece personas y unas 5.500 fueron afectadas por el tóxico. O en 2004, la insurgencia iraquí detonó una bomba que contenía precursores binarios —que se activan al mezclarse— al paso de un convoy norteamericano en Irak. La trampa no funcionó y solo dos soldados tuvieron síntomas leves de exposición al sarín.
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