Descifrando nuestra historia
Durante todo el período de la España de los Austrias, y en el siglo anterior,nuestros gobernantes hicieron amplio uso de la criptografía. Hemos dato algunas muestras en estos Boletines, y hay publicaciones específicas donde se incluyen docenas de cifras y claves diversas. En el Archivo de Simancas, por ejemplo, la gran colección de legajos de la Secretaría de Estado incluye un "legajo cero" titulado sencillamente "cifras", que contiene las cifras oficiales de casi dos siglos de gobernantes españoles. Algunas de esas cifras están perfectamente descritas por año y usuarios, en tanto que otras solamente llevan indicaciones vagas ("es letra del siglo XVI", "del tiempo de la ocupación española de Portugal"), y de otras solamente se sabe el nombre o el seudónimo del usuario, o ni siquiera eso. Solamente algunas de esas cifras han sido publicadas o estudiadas.
En una ocasión en que estuve en Simancas, los archiveros me comentaron que algunos historiadores se habían interesado en los documentos cifrados, pero solamente por su contenido, no por el cifrado en sí. Confío en que el "legajo cero" les haya servido de ayuda, porque hay muchos documentos que todavía no han podido ser traducidos por falta de clave apropiada. Resulta hasta cierto punto irónico que un documento cifrado permanezca opaco hasta para el propio gobierno que lo posea. En ocasiones, los historiadores tienen que hacer labor de criptoanalistas para poder "romper la clave".
Uno de esos casos concierne a la que yo llamo "la Gran Cifra del Gran Capitán" En el Boletín Enigma nº 47 ("Las claves del Gran Capitán") mencioné algunas cifras utilizadas por Gonzalo Fernández de Córdoba durante sus campañas en Italia a finales del siglo XV. Una de ellas, la Gran Cifra, fue la precursora de las que se utilizarían más de medio siglo más tarde en época de Felipe II.
Dicha cifra consta de dos partes fundamentales. La primera es el típico alfabeto cifrado: uno o más signos representan cada letra del alfabeto. En un intento de derrotar ataques criptoanalíticos, las letras más frecuentes disponían de hasta siete signos, en tanto que las letras menos comunes tenían tan sólo una o dos. Es una buena práctica esa de tener muchos signos para poder escoger. Con todo, tiene algunos fallos. En el caso que nos ocupa, la letra q tiene solamente un signo para cifrar (que, encima, se parece a la propia letra q girada 45 grados). Eso es un fallo, ya que no hay más que buscar dicho signo junto con otros dos signos más frecuentes para obtener la palabra "que", cosa que en las cartas cifradas puede verse en varios puntos.
Sin embargo, los escribas vieron que resultaba más sencillo dar símbolos especiales para palabras completas. Por ese motivo, la segunda parte de la cifra es una colección de sílabas con 2-4 letras. Cada sílaba representa una palabra. Dichas sílabas estaban alfabéticamente desordenadas, para mayor seguridad. Es decir, si MAD significaba "como" y MAP significaba "coluneses", la sílaba ME se transformaba en "lo".
También aquí hay pequeños fallos de confección. Resulta curioso que dos de las sílabas cifradoras no sean sílabas: PELUSO significaba "los". ¿Adivinan cómo se cifraba la palabra "las"? En efecto: PELUSA. No sólo los elementos cifrados son más largos que las palabras que representan, sino que resultan fáciles de recordar. Imagino que un lector enemigo encontraría raro tanto peluso, y no tardaría en inferir un posible significado.
Con todo, representa una buena cifra. El número de sílabas (incluidas pelusos y pelusas) de la Gran Cifra se desconoce, pero supera los dos centenares. Incluía dos signos nulos (que no significaban nada), y uno llamado anulante, que permitía introducir "basura" de forma que pareciese texto cifrado.
El problema con la Gran Cifra del Gran Capitán es que no se encuentra en el Archivo de Simancas, como tampoco en ningún archivo de que yo tenga noticia. Hasta donde yo sé, el original se ha perdido en la niebla de la Historia. ¿Por qué, entonces, lo conozco yo? Pues porque algún historiador desconocido hizo una labor de criptoanálisis. En la Biblioteca Nacional de Madrid hay un legajo de documentos que incluyen diversas cartas cifradas enviadas por el Gran Capitán a los Reyes Católicos entre 1500 y 1502. No tengo constancia de que se publicasen ni siquiera la referencia, y reconozco que las encontré por casualidad, mientras buscaba otros documentos.
Lo curioso del caso es que, si examinamos dichos documentos, podremos observar ciertos párrafos en clave, y en algunos de ellos una mano anónima escribió el descifrado en un tipo de letra que recuerda textos escritos del siglo XIX. Alguien, hace más de cien años, se las arregló para criptoanalizar el documento, averiguó al menos parte de la clave y aprovechó este conocimiento para poder descifrar las cartas. Uno de los documentos, escrito en ese tipo de letra moderno, viene encabezado como "cifra de las cartas del Gran Capitán"; por desgracia, está incompleto, y además está roto por una esquina.
¿Quién fue ese escritor desconocido? Evidentemente, nadie del siglo XX, o de otro modo jamás se le hubiera permitido alterar un documento original del XVI. Hay en nuestra propia historia ejemplos de este tipo de historiador criptógrafo anónimo. Permítanme aprovechar la oportunidad para introducir a ustedes el nombre de Gustave Adolph Bergenroth.
Bergenroth nació el 23 de Febrero de 1813 en lo que entonces era Marggrabowa, Prusia Oriental (actualmente Olecko, en Polonia). Tras un periplo por Alemania e Italia, acabó estudiando la historia de la Inglaterra de los Tudor. Pronto descubrió que el material archivístico a su disposición era insuficiente, así que hizo lo mismo que hice yo cuando quise averiguar cosas sobre las máquinas Enigma españolas: dirigirse a los archivos del enemigo. En este caso, "el enemigo" era España, y el archivo que le esperaba estaba en un castillo de una ciudad castellana llamada Simancas.
En la actualidad, el Archivo General de Simancas sigue en el mismo castillo que visitó Bergenroth. Es un lugar encantador para el historiador, y evoca fuertemente la época de los Austrias, aunque con algunas modernidades (como la máquina de refrescos de la planta baja). Uno casi espera encontrarse al propio Rey Prudente paseando por los pasillos, las manos enlazadas a la espalda, mirando de reojo al investigador con cara de "¿qué tal van esos papeles?" Ni que decir tiene que la amabilidad y la profesionalidad del personal actual no tiene ni punto de comparación con el que Bergenroth tuvo que aguantar.
Y es que, por lo que comenta David Kahn en su Codebreakers, la tarea de Bergenroth fue de lo más penosa. La España de 1860 distaba mucho de ser el paraíso de los turistas, y mucho menos si en lugar de la costa se escogía un maremágnum de papeles. La letra renacentista de nuestros escribas era, como poco, difícil de leer, tanto que el archivero lo había dejado por imposible en muchos casos.
Bergenroth se aplicó con la tenacidad característica de esos académicos ingleses que pululan por el mundo, y fruto de sus esfuerzos fue un conjunto de interesantes documentos que, traducidos y en algunos casos descifrados, se incorporaron a la famosa colección de documentos ingleses conocida como "Calendar and State Papers." Nada mejor que reproducir algunos de los comentarios del propio Bergenroth, en la edición de 1862:
"Cuando el primer legajo se abrió ante mí, casi me desesperé. Puedo imaginarme a un hombre, que ha navegado por un río pequeño, sorprendido por olas altísimas ... [los documentos] eran incoherentes y confusos, había partes manchadas de tinta, y hay anotaciones en los márgenes, en una letra tan pequeña que era apenas discernible ... al principio, pasé días enteros para unas pocas líneas. No podré agradecer lo bastante al archivero don Manuel García González, quien, con toda cortesía, me ayudó a desvelar los caracteres con los que me hice íntimo".
En realidad, Bergenroth aplicaba aquí una dosis de caballo de lo que hoy llamaríamos corrección política. En años posteriores, afirmó que el archivero le tenía tales celos que llegó al punto de esconderle el legajo de cifras.
El hecho es que el poble Bergenroth se vio en la obligación de hacer de criptoanalista, cosa para la que no estaba preparado. Pero lo hizo con tanta eficacia que consiguió descifrar prácticamente todas las claves que se le pusieron por delante, incluyendo casi dos decenas de nomenclátores, y muchas otras claves menores. El gobierno español le prestó toda su colaboración, pidiendo a cambio una copia de las claves que reconstruyese y de los documentos que descifrara.
El trabajo de Gustave Bergenroth es valioso para los historiadores españoles, puesto que encontró y publicó muchos documentos de nuestros archivos, pero resulta especialmente relevante para los aficionados a la criptografía. Él tuvo, a su vez suerte, ya que los papeles de Simancas relativos a Inglaterra eran más antiguos que los de otros países. Eso se debe a un accidente histórico. Durante las guerras de los Comuneros contra Carlos V, algunas arcas reales fueron depositadas en un convento de Zaragoza. Como sus monjes eran allí muy queridos, la población respetó tanto su convento como las arcas, que posteriormente se comprobó que contenían la correspondencia con Inglaterra desde finales del siglo XV.
Gracias a ello, Bergenroth pudo obtener mucha información relativa a Inglaterra. Y gracias a ello, y a sus investigaciones, ahora conocemos la "criptohistoria" de España con Inglaterra. Es muy posible que los reyes españoles se comunicasen de forma cifrada con otras ciudades o países antes que con Inglaterra, pero por desgracia apenas nos quedan referencias documentales.
Bergenroth nos da unas pinceladas sobre el modo en que consiguió "romper el código". Lo primero, dice, fue estudiar cuidadosamente nuestro idioma, incluyendo la ortografía de la época. Reconoce que no los atacó de manera metódica, sino más bien intuitiva, es decir, barruntando; lo que en un reciente anuncio denominan "an educated guess". Un ejemplo. En diversos lugares de un documento, encontró dos signos con marcas de abreviatura. Pensó que podía significar n.f. ("nuestra fija", nuestra hija). De ser así, los signos anterior a ellos significaría algo así como "la princesa de Gales" (recordemos que en 1489 Catalina de Aragón casó con el príncipe de Gales). Llegó a la conclusión de que los cinco símbolos anteriores a n.f. representaban las letras "gales". A partir de ahí, resolver el resto de la clave le resultó fácil.
Debemos a Bergenroth no solamente conocer diversas cifras españolas de finales del siglo XV, sino también arrojar luz sobre una parte de nuestra historia. Por supuesto, esta investigación también tiene sus misterios. El gobierno español encargó a un tal Nemesio Alday la tarea de hacer una copia de todos los documentos copiados por Bergenroth, incluidas las claves por él reconstruidas. ¿Dónde han ido a parar dichas copias? No se encuentran en el "legajo cero" de la Secretaría de Estado.
Mi hipótesis es que fueron retirados de su legajo original por Claudio Pérez y Gredilla, quien a finales del siglo XIX era archivero general de Simancas. Gredilla intentó publicar un libro titulado "El estudio de las claves", y de hecho algunos autores de esa época lo citan como un libro escrito en 1893, en el cual se insertaban diversos ejemplos de claves, que incluían entre otras las que había reconstruido Bergenroth. Gredilla sabía el terreno que pisaba, puesto que desde 1861 prestaba servicios en el archivo, de modo que es muy probable que coincidiese con el investigador inglés (bueno, prusiano, o polaco, o de donde fuese). De hecho, uno de los documentos del libro de Gredilla indica que fue copiado por Nemesio Alday, el mismo que también copió los documentos de Bergenroth.
No es de extrañar, por tanto, que Gredilla, con conocimientos del tema de primera mano, quisiese publicar un libro sobre el tema. Pero por desgracia, hasta donde yo sé, la única copia existente es el propio manuscrito original que se conserva en Simancas. Hasta donde yo sé, jamás ha sido publicado, y si alguien encuentra una copia con la que contradecirme, por favor, que me avise enseguida.
En cualquier caso, y volviendo a nuestro amigo Bergenroth, existe una forma más sencilla de encontrar sus claves: se encuentran donde las dejó, en los archivos nacionales del Reino Unido (National Archives, anteriormente Public Records Office), legajo PRO 31/11/11. Sus fondos son, en este caso que nos ocupa, un recordatorio de lo díficil que resulta mantener la memoria de nuestro pasado. Gustave Bergenroth y Claudio Gredilla representan a tantos archiveros anónimos que a lo largo de los años han dado lo mejor de sí para aclarar y ordenar nuestra historia, y evitar que la entropía del tiempo acabe borrando las huellas del pasado. La próxima vez que penséis que los bibliotecarios son poco más que versiones en carne y hueso de Google, pensad un poco en ello.
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