Historia militar de los caballos
Los caballos y los indios
Los moros, que dominaron la península Ibérica desde principios del siglo VIII d.C., establecieron en el país una segunda escuela de equitación. Los españoles cruzaron y mejoraron sus resistentes y veloces caballos ibéricos con los nobles caballos que aquellos llevaron, y lo hicieron de manera tan sostenida y con tanto éxito que en los inicios de la Edad Moderna el caballo ibérico o español, considerado el mejor de Europa, era codiciado en todo el continente. Los españoles también heredaron de los moros el estilo nómada de equitación, la célebre gineta, en la que, al usar estribos acortados y mantener muslos y pantorrillas en estrecho contacto con el animal, el jinete parece flotar sobre el caballo. La escuela de equitación alternativa, la de la brida, en la que el jinete se sienta en la silla con las piernas extendidas, no apareció hasta los comienzos de la Edad Moderna, con lo que la gineta fue también el estilo de equitación dominante en el Nuevo Mundo, incluso entre las tribus ecuestres indias. También la caballería de los europeos occidentales y septentrionales que desde el siglo XVI colonizaron Norteamérica había aprendido a su manera de la escuela árabe. A lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna penetraron en Europa occidental por multitud de vías, una de ellas, obviamente, fue la de las Cruzadas, con su transferencia cultural, los conocimientos y las prácticas árabes, que hicieron allí escuela.
América era un continente sin caballos hasta que, a fines del siglo XV, llegaron los conquistadores españoles y los introdujeron como animales domésticos. Los españoles eran importadores experimentados y hábiles. Además de un producto de primera clase —el caballo hispano-árabe—, poseían amplios conocimientos culturales asociados a este bien. De sus antiguos dominadores moros adoptaron no solo los caballos, sino también la cultura con ellos relacionada y el modo de montarlos conocido como gineta. Provenían de la civilización ecuestre más desarrollada del mundo occidental, donde el uso y la cría de caballos, y todo el saber derivado de esa actividad, ya no eran privilegio exclusivo de la nobleza. El caballo español, el mejor de Europa en aquellos tiempos, era producto del cruce del caballo ibérico, rápido y resistente, con el caballo árabe que los moros llevaron desde el norte de África. A estos caballos debían los españoles su superioridad militar sobre los indígenas enemigos. Ellos les permitieron el rápido transporte de sus botines, particularmente metales preciosos, e iniciar la cría de ganado vacuno a gran escala, típica de la América colonial.
Al principio, los caballos lo pasaron mal en su nueva misión. Muy pocos sobrevivieron a la navegación —las zonas de calma entre los alisios y los vientos de poniente recibieron el nombre de «latitud de los caballos» debido a los innumerables caballos que perecieron por el calor y fueron arrojados por la borda— y, de ellos, muchos murieron poco después debido al clima cálido y húmedo de las islas situadas frente a las costas de México. Su situación mejoró cuando los españoles fueron avanzando desde el interior de México hacia el norte y los animales pudieron aclimatarse. Entre 1530 y 1550 se produjo el primer incremento explosivo de la población de caballos en América del Norte. Con Juan de Oñate llegó en 1598 la primera gran manada de caballos a Nuevo México. Los indios pueblo, con los que inicialmente los españoles tuvieron pocos problemas, aprendieron a cuidar los caballos sin interesarse mucho por ellos. No fue este el caso de los apaches, que vivían en la misma región. Ellos robaron los caballos de los españoles y aprendieron a montar imitando lo que veían hacer a estos, incluida la costumbre de subir al caballo por el lado derecho. Según fuentes españolas, a mediados del siglo, los nuevos jinetes indios empezaron a hacer la vida difícil a los que fueron sus maestros: atacaban sus asentamientos en Nuevo México, sin respetar siquiera a otras comunidades de indios pueblo, robaban sus caballos y desaparecían por donde habían venido en la inmensidad de las praderas y desiertos. A diferencia de lo que posteriormente hicieron los comanches, los apaches nunca aprendieron a criar caballos ni a luchar montados, pero fueron los primeros indios americanos que efectuaron una gran revolución en su técnica y enriquecieron su arsenal con un arma de la que en ese momento ninguna otra tribu indígena disponía: la velocidad.
La sublevación de los indios pueblo contra los españoles en 1680 y su expulsión temporal de Nuevo México marcó un punto de inflexión en la cultura del caballo de América del Norte. Cuando los indios pueblo —que finalmente no utilizaron los caballos para nada— volvieron a su agricultura y alfarería, se produjo una gran concentración de caballos en las praderas del Medio Oeste. Los animales, que allí encontraron condiciones de vida similares a las que sus antepasados españoles habían conocido en las altas llanuras de Andalucía, se multiplicaron con rapidez y, en un tiempo relativamente corto, formaron manadas de mustangs salvajes que fueron capturadas por unas treinta tribus indias de las Grandes Llanuras, siguiendo el ejemplo de los apaches. «El caballo [...] no era solamente un medio para la guerra; también era el fin de esta. Lo que persistimos en llamar “guerras” eran más bien, o más comúnmente, saqueos de caballos».
El proceso fue imparable. En 1630, ninguna tribu había montado a caballo, y hacia 1700 todas las tribus de las llanuras de Texas lo hacían. Y en 1750, las tribus de las llanuras canadienses cazaban bisontes a caballo. De la caza a la lucha a caballo sólo había un paso. Muchas tribus indias —siux, cheyene, kiowa, arapahoes, pies negros, cree y crow— la adoptaron en alguna ocasión, y con mayor desenvoltura y eficacia los comanches. Ellos fueron los maestros indiscutidos de la nueva guerra basada en la velocidad, y en el curso del siglo XVIII alcanzaron la supremacía entre las tribus indígenas del sudoeste para terror de los españoles. A fines de aquel siglo, la cantidad de caballos que poseían era legendaria. Era también la única tribu india que había aprendido a criarlos y cuidarlos, y su destino y su economía se hallaban estrechamente ligados a la vida de un animal que pocos decenios antes desconocía. Hasta su lengua acusaba esta novedad: su vocabulario, por lo demás bastante modesto, adquirió una cantidad asombrosa de adjetivos para describir todos los tonos imaginables de los colores castaño, negro, rojo y blanco, y todas las manchas y estrellas de sus cabalgaduras. La leyenda atribuye el origen de la multiplicación expansiva de los caballos por las praderas norteamericanas y las pampas del sur a los caballos huidos de los primeros conquistadores españoles y, de ese modo, contribuyó indirectamente a establecer demasiado pronto la conexión entre indios y caballos.
Los apaches fueron la primera potencia amerindia del sur y del sudoeste, hasta que otras tribus los aventajaron en la guerra y en la técnica, y los redujeron a la insignificancia. La penetración del caballo y las armas de fuego no se produjo de forma simultánea y en el mismo lugar: los caballos avanzaron hacia el norte desde el sur, es decir, desde México, mientras que las armas de fuego se abrieron camino de este a oeste. Las armas de fuego llegaron a las tribus indias a través del comercio de pieles, y aunque los españoles prohibieron estrictamente el comercio de armas con los indios, los británicos y los franceses dieron plena libertad a cazadores y traficantes. Así se llegó a la formación de dos fases culturales diferentes que coexistieron durante varios decenios hasta que finalmente se cruzaron y combinaron. La primera, característica del sur y el sudoeste, fue la fase poscaballo y prearma de fuego, y la segunda, dominante en el norte y el este de las Grandes Llanuras, fue la fase postarma de fuego y precaballo. En otras palabras: hubo en las llanuras una «frontera de caballos» que, desde mediados del siglo XVII, fue avanzando de sur a norte, y una «frontera de armas» que durante el mismo periodo fue desplazándose de este a oeste. Hacia 1800, la intersección de las dos fronteras semovientes abarcaba ya toda la mitad oeste de las Grandes Llanuras. Las tribus que vivían dentro de esta zona en continua expansión aprendieron a manejar armas de fuego y caballos y a intercambiarlos como valores materiales.
Hacia 1650 comenzó en el sur el ascenso de los apaches. En contacto directo con los españoles, fueron los primeros que aprendieron a montar, y adoptaron de los españoles no solo su estilo de monta, sino también la silla, los avíos, los escudos de cuero y las corazas para jinetes y caballos. Los apaches, muy superiores a sus vecinos como nueva caballería de infantería, fueron ampliando hacia el norte la región de las praderas que controlaban y difundieron el patrón poscaballo/prearma de fuego. Pero, al igual que muchas otras tribus, eran y siguieron siendo seminómadas y, como no abandonaron la agricultura y una vida parcialmente sedentaria, sus rivales nómadas, especialmente siux y comanches, comenzaron a superarlos en técnicas de caballería y de combate, es decir, como guerreros, de modo que fueron víctimas de un violento retroceso.
Solo en el sur, cerca de la antigua fuente española de riqueza equina, ciertas tribus habían aprendido mejor y más rápidamente a montar. Ya a mediados del siglo XVIII, los comanches habían «cimentado su legendaria posición como los más diestros y temibles guerreros a caballo de las llanuras [...]. Los nuevos amos de la región ocupaban el centro y eje de la comunicación entre las llanuras y la periferia [...]. A comienzos del siglo XIX, habían consolidado su dominio sobre un vasto territorio que se extendía desde el valle superior de Arkansas hasta la zona montañosa del Edwards Plateau en el centro de Texas». En los años veinte y treinta del siglo XIX, su hegemonía en el sudoeste, conseguida gracias a su superioridad militar, fue una amenaza para los colonos americanos que se instalaban en Texas, y el ejército mexicano nada pudo hacer para detenerlos.
Incluso los texas rangers, una milicia creada por Stephen F. Austin en 1823 para proteger a los colonos, necesitó más de veinte años para medirse de manera efectiva con aquella salvaje hegemonía sobre las praderas. Su caballería al viejo estilo la componían caballos pesados y torpes que enseguida se cansaban, poco aptos para seguir a los mustangs y ponis, mucho más resistentes y rápidos como flechas, de los indios. Sus armas eran pistolas de un único disparo y fusiles de largo alcance, apropiadas como armas de duelo y caza, pero de poca utilidad en combates con un enemigo que podía disparar hasta veinte flechas por minuto mientras cabalgaba. En campo abierto y sin empalizada para protegerse, los rangers eran claramente inferiores a los comanches. En aquellas condiciones, la esperanza de seguir vivo que a un ranger le cabía era, de media, de unos dos años.
La situación dio un giro cuando, en 1840, John Coffee Hays, conocido como Jack Hays, un impetuoso joven de 23 años, tomó el mando en la guarnición de rangers de San Antonio. Hays dotó a su unidad de nuevos caballos, más ligeros, cruces de mustang y purasangre. Enseñó a sus hombres a vivir como los indios, siempre alerta y listos para luchar en cualquier momento, y a montar al estilo indio que había observado en los comanches. Los hombres de Hays disparaban y cargaban sus armas con más rapidez de lo habitual en aquella milicia y, además, sobre la silla de montar, algo de lo que, en aquel entonces, ninguna otra milicia o caballería blanca era capaz, y en plena refriega. Los rangers de Hays se acercaron cada vez más, en la forma de montar y en la táctica, a los comanches; solo en la frecuencia de los disparos y la potencia de fuego se quedaron por detrás de sus maestros indios.
«El indio, el caballo y el arma formaban una perfecta unidad. Estaban bien compaginados y el todo constituía una insuperable unidad de combate», escribió Walker Prescott Webb en su descripción épica de la vida en las Grandes Llanuras. El adversario más avanzado de los indios americanos en suelo tejano, los texas rangers, solo lograría una unidad comparable desde el momento en que tuvo en sus manos el invento de un joven yanqui dotado para la técnica. Armado con el revólver de tambor de Samuel Colt, al principio apto para cinco disparos y luego para seis, la milicia texana de Jack Hays dispuso desde 1843 de un arma que suprimió la asimetría hasta entonces existente con el sistema indio de hombre, caballo y armas. El revólver mejorado de Walker y Colt, fabricado desde 1847, era el arma perfecta para disparar en movimiento y, además, con rápida sucesión. En un ambiente en el cual, como escribió Webb en otro libro, «los hombres sobrevivían gracias únicamente a las armas y la velocidad», este salto técnico fue decisivo. Al abreviar el arma de seis disparos el peligroso momento de la recarga, desplazó definitivamente el sitio desde donde se guerreaba a la silla de montar, esto es, al centro mismo del sistema móvil hombre-animal.
Durante mucho tiempo, la caballería norteamericana se mantuvo prácticamente como única caballería de una gran nación que incluía el revólver, junto con el sable y el fusil, como parte esencial de su armamento. Las caballerías de los Estados europeos estaban todas armadas con espadas y bayonetas, que se complementaban con varios tipos de fusiles, y luego también con mosquetones. Las razones de esta preferencia de la caballería norteamericana por el colt radicaban en la experiencia adquirida en la lucha contra los jinetes indios. Pero el revólver encontró también un uso en la lucha de los blancos entre sí: en la Guerra Civil, los soldados de caballería tanto de la Unión como de la Confederación combatieron con las armas que apenas veinte años antes habían tenido su primer uso en manos de los rangers de Texas y habían igualado técnicamente con ellas a sus adversarios indios.
Los caballos en los ejércitos
El indio a caballo es una figura históricamente tardía que además no representa a todas las tribus norteamericanas. Al contrario: los indios del Este, habitantes de los bosques, y también las tribus del Medio Oeste y del Sur, no eran tribus ecuestres, ni tampoco lo fueron con posterioridad; cazaban a pie y guerreaban como los soldados de infantería. Solo una parte de ellos aprendió a luchar a caballo y con los movimientos del caballo; incluso los famosos apaches, el glorioso pueblo de Winnetou, sólo cabalgaban hasta el primer contacto con su enemigo, y luego desmontaban para luchar. «La función del caballo en las guerras de los indios raras veces consistía en algo más que conducir al guerrero hasta la zona (no la escena) de las acciones bélicas, donde desmontaba, a la manera de los dragones, para luchar o, preferiblemente, sorprender al enemigo. Estas tropas indias eran en realidad infantería montada».
«El ejército [yanqui] entendió que la beligerancia de los indios dependía de los caballos más que de cualquier otro factor. El ejército mató muchos de aquellos caballos para privar a los indios de este recurso y se apropió del resto como botín de guerra». «La función del caballo en las guerras de los indios raras veces consistía en algo más que conducir al guerrero hasta la zona (no la escena) de las acciones bélicas, donde desmontaba, a la manera de los dragones, para luchar o, preferiblemente, sorprender al enemigo. Estas tropas indias eran en realidad infantería montada».
Según informes de la época, parece que los apaches empezaron a montar entre 1620 y 1630; a mediados del siglo XVII se los consideraba ya «a typical horse people».
«El caballo [...] no era solamente un medio para la guerra; también era el fin de esta. Lo que persistimos en llamar “guerras” eran más bien, o más comúnmente, saqueos de caballos».
El final de la era del caballo se ajusta casi exactamente a lo que se acostumbraba a llamar el «largo siglo XIX»: el periodo que comienza con Napoleón y termina con la Primera Guerra Mundial. Desde entonces, prácticamente todas las formas técnicas, desde las empleadas en el transporte hasta las militares, para las cuales el caballo había proporcionado tradicionalmente la necesaria fuerza de tracción, se sustituyeron por los motores de combustión o los eléctricos. Las dos guerras mundiales volvieron a necesitar en grado superlativo de los caballos y no fue hasta mitad de siglo cuando la fuerza de tracción fue abaratándose lo suficiente como para conducir a una drástica disminución del número de caballos en Europa.
«El caballo no tiene patria», dijo el mariscal Ney.
Los militares, tanto del ejército francés como los de otras naciones, demostraron ser discípulos aventajados de Napoleón; mientras ampliaban continuamente sus ejércitos, se concentraron de modo especial en la caballería y la artillería transportada por caballos. Hacia 1900, las reservas en tiempo de paz del ejército francés eran de 145.000 caballos, un número que, en caso de movilización, podía ascender en poco tiempo a 350.000.
De no haber sido por la pérdida de Alsacia-Lorena, Francia habría tenido, en vísperas de la Gran Guerra, 3,8 millones de caballos. Por supuesto, la población humana también aumentó: de 36,5 millones en 1852 a 41 millones en 1906. Pero la ratio entre personas y caballos, la proporción entre las dos especies, sólo cambió en unos puntos por mil. Aún hoy, cada decimotercer francés es un caballo. Sin embargo, esto no sitúa a Francia en el primer puesto en cuanto a población caballar. En el siglo XIX, Gran Bretaña tenía un caballo por cada diez habitantes; la proporción en Estados Unidos era de 1:4, y en Australia, de 1:2.
Si en 1950 pastaban más de 1,5 millones de caballos, en 1970 la cifra era de solo 250.000, una sexta parte de lo que había sido dos décadas antes. La caída parece aún mayor si tenemos en cuenta que antes de la Primera Guerra Mundial había en Alemania 4 millones de caballos, aunque entonces se hallaban repartidos por el territorio más extenso del Reich, del cual no quedó mucho tras la Segunda Guerra Mundial.
Las caballerías de los ejércitos europeos también eran importantes consumidoras de cereal. En Alemania, un caballo de este cuerpo recibía en el siglo XIX, además de su ración de heno, unos cinco kilos de avena por día.
El notable incremento de la potencia de fuego en la infantería, que condujo a una progresiva transformación de las armas de infantería y caballería, era ya apreciable bajo Federico II de Prusia, como observó Clausewitz.
Napoleón con el apoyo de ardientes generales de caballería, como Joaquín Murat, enseñó a su caballería a montar con la misma soltura y luchar de manera tan temeraria como los mamelucos, pero con mucha más disciplina. «Como sus generales y sus dragones, adoptó en Egipto el bocado y la silla de los mamelucos. Más aún: se llevó a Francia todo un escuadrón de mamelucos —la primera unidad de caballería que cabalgó a la manera árabe— y la incluyó en el orden de batalla del ejército francés». Durante quince años, la caballería napoleónica fue el arma militar mejor conducida y más temida de todos los ejércitos europeos. Es cierto que la caballería inglesa, entrenada en la salvaje y rústica carrera de obstáculos, era más intrépida que ninguna otra, pero cuando se precisaba una maniobra rápida y ordenada, los franceses, con su irresistible mezcla de furor oriental y disciplina gala, eran muy superiores.
El fin de los caballos
La cantidad de caballos desplegados por todas las partes en la Primera Guerra Mundial se estima actualmente en 16 millones, la mitad de los cuales, 8 millones, encontraron la muerte durante la guerra. La cifra de personas muertas en la guerra se estima en 9 millones [«9.586.000 caballos [...] fueron víctimas de la Gran Guerra», Ernst Johannsen]. Aún más baja fue la tasa de supervivencia de animales en la guerra de los bóeres: entre 1899 y 1902, del total de 494.000 caballos utilizados por los británicos, murieron unos 326.000, es decir, casi dos tercios. La pérdida de caballos del lado alemán en la Primera Guerra Mundial se estima en un millón, una cifra que representa el 68%.
Gene Tempest trata con detalle el destino de los 2,7 millones de caballos enviados por británicos y franceses al frente occidental. El número de caballos muertos del lado inglés en el frente occidental se estima aquí en 256.000 (frente a los 558.000 soldados británicos).
La guerra química, iniciada en 1915, tampoco perdonó la vida de los caballos. También ellos estaban más expuestos a los ataques aéreos; los caballos no podían refugiarse en ningún lugar. Por eso los aviadores consideraban más eficaz bombardear convoyes de caballos que columnas: los animales eran más fáciles de atacar y más difíciles de reemplazar que los hombres. En agosto de 1918, cuando se produjeron los últimos y más intensos combates en el frente occidental, la esperanza de vida de un caballo de artillería en aquella zona era de diez días.
El 17 de mayo de 1940 fue la última. Aquel día, una pequeña tropa de caballería francesa, los supervivientes de un regimiento aniquilado por la Luftwaffe alemana, caminaba entre Solre-le-Château y Avesnes, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. El fuego de una ametralladora oculta detrás de un seto acabó con ella. Con la excepción de dos jinetes que consiguieron escapar, todos murieron.
En 1942 se desplegó una unidad de caballería alemana al mando del coronel barón Von Boeselager. Sus regimientos lucharon junto a un cuerpo de caballería kalmuko y otro cosaco, además de unidades de caballería de las SS. En términos técnicos, la guerra en el Este era diferente, una guerra «más antigua» que la de Europa occidental, en la que se enfrentaban ejércitos mecanizados y en la que el papel de los caballos era insignificante. «La campaña rusa —resume Reinhart Koselleck lo que había visto y experimentado en el Este— fue, por sus condiciones estructurales, más propia de la era caballo. No se podía ganar con caballos y, menos aún, sin ellos.»
El historiador Reinhart Koselleck señala que si «en la Primera Guerra Mundial, los alemanes utilizaron 1,8 millones de caballos, en la Segunda estos fueron 2,7 millones, casi un millón más. Y de ellos perecieron 1,8 millones». Este fue, concluye el historiador, «un tributo de sangre porcentualmente mucho mayor del que debieron pagar los soldados». Heinz Meyer da unas cifras similares (2.750.000 equinos en la Wehrmacht, de los cuales estima que perecieron 1.600.000), y destaca 1943 como el año de máxima utilización de los caballos (1.380.000). Meyer estima la utilización de caballos por el Ejército Rojo en 3,5 millones.
En comparación con la Primera Guerra Mundial, la demanda de caballos había experimentado otro brusco aumento. «Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial —escribe el historiador Heinz Meyer—, una división de infantería disponía de algo más del doble de caballos que una división equivalente en la Primera Guerra Mundial. La mayor cantidad de armas pesadas y el más complejo equipamiento habían hecho necesario ampliar las reservas de caballos. En la Primera Guerra Mundial, las tropas no motorizadas necesitaron un caballo por cada siete soldados, mientras que en la Segunda Guerra Mundial la necesidad aumentó a un caballo por cada cuatro soldados.» Por si fuera poco, en el curso de la guerra en el Este se hizo cada vez más evidente que incluso las tropas totalmente motorizadas no podían prescindir de los caballos: el estado de las carreteras era sencillamente desastroso.
Polonia disponía, junto con la Unión Soviética, de la mayor caballería de la Segunda Guerra Mundial, de «la última caballería [...] que funcionaba de la manera tradicional». Los ulanos polacos, escribe el historiador Janusz Piekalkiewicz, «no eran unos suicidas, ni fue aquel un enfrentamiento premeditado de la caballería polaca con los tanques alemanes. Lógicamente, hubo varios ataques contra la infantería alemana, que enseguida contó con la ayuda de los carros blindados, y también situaciones en las que la caballería polaca era atacada por aquellos. La única posibilidad que esta tenía de sobrevivir era intentar, con una peligrosísima maniobra, ir lo más rápidamente posible por delante de los tanques».
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