En ruso, al piloto de un avión se le llama komandir korablyá, es decir, el ‘comandante de la nave'. Una expresión muy apropiada si el destino de tu vuelo es Baikonur, el primer centro de lanzamiento espacial de la historia.

El avión que me trajo a Baikonur levanta el vuelo poco después de dejarnos.

La terminal del aeropuerto y la 'fuente-Soyuz' a la salida.

Un viaje a Baikonur suele comenzar en alguno de los aeropuertos de Moscú, lo que significa que hay que usar los servicios de alguna aerolínea local que opera aviones de construcción soviética o rusa. Nada que objetar en este sentido, pero la disposición y estado de su interior es bastante, digamos, ‘curiosa’ comparada con una compañía de mayor tamaño. En cualquier caso, tras casi cuatro horas sobrevolando Rusia y la estepa kazaja, incluyendo alguna visita al baño del avión -un cuarto oscuro con menos volumen que el interior de una Soyuz-, el visitante aterriza en el aeropuerto Krainiy de Baikonur, situado a poca distancia de la ciudad. Nada más bajar del avión, lo primero que piensas es que has llegado a ninguna parte. La pequeña terminal y la pista que forman el aeropuerto son una isla en medio de la nada. O mejor dicho, una isla en medio de la inmensa e inabarcable estepa kazaja. ¡Desde aquí se lanzan naves espaciales tripuladas al espacio, por dios santo! Uno esperaría algo más grandioso. En este punto, el visitante se encuentra con una de las primeras peculiaridades de Baikonur: está terminantemente prohibido hacer fotos del avión en la pista o en la terminal. La segunda peculiaridad son los caballos y vacas que pastan a sus anchas cerca de la carretera y del río Sir Daria. El contraste con la exuberante vegetación de Florida, donde se encuentra el otro gran centro espacial del mundo, no podría ser más grande.

Caballos en el río Sir Daria en Baikonur.

Por lo visto, ¡los camellos de Baikonur son de Lanzarote!

Como muchas otras prohibiciones que se dan por aquí, el asunto de las fotografías tiene que ver la curiosa división de la ciudad y el cosmódromo entre Rusia y Kazajistán desde la caída de la Unión Soviética en 1991. Como es sabido, cada año Rusia le paga al país vecino una generosa cantidad de rublos a cambio de mantener el cosmódromo bajo su soberanía. Pero el arreglo no incluye a todo el cosmódromo como un todo. Hay zonas kazajas y zonas rusas, e incluso algunas partes son tierra de nadie. Esta indeterminación se extiende a la ciudad. Teóricamente, la ciudad es territorio ruso, pero en la práctica la situación es más compleja.Y es que hoy en día Baikonur es una especie de Berlín en plena Guerra Fría, una ciudad divida en sectores en que los dos países se reparten se influencia. No hay muros ni vallas que separen las zonas -aunque sí que hay controles en las carreteras de acceso-, pero los extranjeros deben tener cuidado dónde ponen el pie. Al menos en teoría, porque lo cierto es que en la práctica nadie te dice nada siempre y cuando te mantengas dentro del perímetro de la ciudad.

Uno de los murales espaciales que decoran las calles de Baikonur.

El famoso monumento a Gagarin.

Una calle de Baikonur con el monumento a la ciencia y al espacio al fondo.

Durante muchos años, la ciudad de Baikonur no tuvo un nombre concreto. Primero se conoció simplemente como 'Área 10', y posteriormente pasó a denominarse sucesivamente Zaryá, Leninsky y Leninsk. Finalmente, fue bautizada como Baikonur, al igual que el cosmódromo, que -como veremos- tiene su propia y compleja historia en cuanto a nombres se refiere. Hoy en día Baikonur es una ciudad de contrastes, donde conviven kazajos y rusos junto otras minorías étnicas. El espacio es el motor de la ciudad, pero lo curioso del caso es que mucha gente de la calle vive de espaldas a esta actividad. Con la excepción del personal que trabaja en el cosmódromo -una minoría-, el resto de la población -increíblemente cordial y atenta para los estándares rusos, por cierto- parece prestar poca atención a lo que ocurre unos pocos kilómetros más al norte, allá donde unos tipos muy extraños se dedican a lanzar cohetes. Como contrapunto, no es extraño encontrar a alguien que en su momento trabajó en el cosmódromo durante la época dorada -en los años setenta y ochenta-, cuando un porcentaje considerable del producto interior bruto de la URSS pasaba directa o indirectamente por esta ciudad. En Baikonur algunos taxistas o dependientes te pueden contar historias muy interesantes.

El cohete Soyuz de Baikonur.

Una de las primeras locomotoras que se usaron el cosmódromo y en la ciudad. Baikonur se construyó con el tren.

El barco-bar de Baikonur.

Y sin embargo, a pesar de la 'decadencia', Baikonur es un auténtico museo espacial al aire libre. La ciudad está llena de monumentos a los grandes Ingenieros Jefes, a los cosmonautas y al personal militar que vivió y murió en este remoto lugar de la estepa kazaja. Todo está relacionado con el espacio de alguna manera. Las calles y plazas llevan nombres de cosmonautas e ingenieros, mientras que los niños -¡la ciudad está llena de niños!- aprenden desde pequeños quiénes fueron Koroliov, Cheloméi, Yangel o Gagarin.

El monumento a las víctimas de la Catástrofe de Nedelin.

Un misil MR-UR-100 de Yangel.

Hoy en día, Baikonur es una pequeña y agradable ciudad, pero su futuro es incierto. Rusia está construyendo el cosmódromo de Vostochni para evitar depender de su país vecino y nadie sabe si la ciudad será capaz de sobrevivir sin la actividad espacial. A pesar de todo, en pocos lugares del mundo puedes admirar tantos monumentos espaciales... ¡incluyendo un auténtico cohete Soyuz situado en medio de la calle! Sólo por eso ya merece la pena venir hasta aquí. Mientras veo cómo unos niños -¿rusos?, ¿kazajos?- se suben de forma bastante temeraria hasta la cima del viejo cohete, me pregunto si dentro de diez o venite años todavía se podrán ver lanzamientos espaciales desde aquí. ¿Se convertirá el monumento al Soyuz en un simple recuerdo de una época destinada a desaparecer?

El monumento a Koroliov (arriba) y a Glushkó (abajo).

Monumentos a Gagarin y al Sputnik.


En una realidad alternativa, el primer viaje tripulado a Marte bien podría haber partido desde aquí. Hablamos, claro está, del cosmódromo de Baikonur, la joya de la corona del programa espacial ruso. Un paseo por las enormes rampas de lanzamiento del desaparecido cohete Energía te recuerda que este monstruoso lanzador era capaz de situar más de cien toneladas en órbita baja. Una pena, porque hoy en día, sus instalaciones no son más que ruinas que se deshacen lentamente bajo el duro sol de la estepa kazaja.

La Rampa de Gagarin en Baikonur.

Cuando uno cruza el puesto de control a la entrada del centro espacial es imposible no sentir la importancia histórica de este lugar. No en vano, los rusos y kazajos lo conocen como 'el legendario cosmódromo de Baikonur'. Cada rincón, cada esquina, tiene sus anécdotas y sus historias, muchas de ellas aún por contar. La estepa en la zona del cosmódromo es plana y monótona -lo sorprendente sería lo contrario-, pero quizás por eso mismo las pocas colinas e irregularidades del terreno son más evidentes de lo que se pudiera pensar. El resultado es que muchos edificios y rampas no son evidentes hasta que están relativamente cerca. La mayor parte de carreteras son estrechas y están llenas de baches en muchas zonas, una forma de dejar claro que el transporte principal dentro del cosmódromo ha sido y es el ferrocarril.

El amanecer saluda al cosmódromo (foto tomada cerca de la entrada).

El cosmódromo nació hace más de medio siglo. Corrían los años de la Guerra Fría y la URSS necesitaba un nuevo lugar de lanzamiento para el nuevo misil intercontinental R-7 Semiorka, cuyo diseño corría a cargo de la oficina de diseño OKB-1 de Serguéi Koroliov. El gobierno soviético se vio obligado a buscar un lugar de lanzamiento para el nuevo misil, ya que la antigua base de Kapustin Yar no reunía las condiciones adecuadas. El 20 de mayo de 1955 el Consejo de Ministros de la URSS emitió un decreto ordenando la búsqueda de un emplazamiento adecuado para la nueva base. Eran tres los requisitos que debían reunir los lugares candidatos. Por un lado, toda la trayectoria de vuelo desde el lugar de lanzamiento hasta la zona de impacto de la cabeza nuclear -situada en la península de Kamchatka- debía sobrevolar en todo momento el territorio de la URSS. De este modo, se podría comprobar el funcionamiento del misil gracias a las distintas estaciones de telemetría (denominadas IP) y guiarlo usando las estaciones RUP que se hallarían a lo largo de la trayectoria. El segundo criterio era que la ruta no debía pasar cerca de ninguna ciudad de gran tamaño. Por último, el centro de lanzamiento no debía estar al alcance de las estaciones de espionaje electrónico norteamericanas.

Mapa del cosmódromo de Baikonur.

Con estos requisitos en mente, la Comisión Estatal a cargo de Vasili Voznyuk propuso tres lugares. El primero estaba en la República de Mari, en Rusia, mientras que el segundo se hallaba en la República de Daguestán, al lado del Mar Caspio. Mari fue desechada por estar rodeada por densos bosques, mientras que Daguestán no pasó el corte por culpa de las montañas de la zona, que habrían dificultado las comunicaciones con las estaciones IP y RUP. Quedaba la tercera zona, situada en Kazjistán entre el Mar de Aral y la ciudad de Kzil Ordil. Cuando la Comisión Estatal presentó los posibles lugares al Ingeniero Jefe Serguéi Koroliov, éste se decantó sin dudarlo por Kazajistán, principalmente debido a que era uno de los sitios situados más al sur. Ya por entonces, Koroliov pensaba en usar el R-7 para alcanzar el espacio, y cuanto más al sur estuviese situado el centro de lanzamiento, mejor que mejor.

Una de las complicadas carreteras de Baikonur, con la rampa del Área 250 al fondo.

Dentro de la región de Kazajistán se identificaron a su vez tres posibles emplazamientos: la orilla del Mar de Aral y las estaciones de ferrocarril situadas en Baykhozha y en Tyura-Tam. Finalmente, sería esta última el lugar elegido por la Comisión Estatal. La estación de Tyura-Tam se encontraba en medio de la línea Moscú-Tashkent, relativamente transitada por entonces y en las orillas del río Sir-Daria, una fuente de agua potable muy útil para las locomotoras de vapor… y para sobrellevar el asfixiante calor de la estepa kazaja en verano.

El edificio MIK-KA (Área 254) donde se montan las naves Soyuz y Progress.

La construcción de la primera rampa se inició inmediatamente. Y no fue nada fácil. No existía ninguna infraestructura civil y las temperaturas oscilaban entre los 45º C del verano y los -35º C del invierno. Hasta 1955, el centro fue conocido solamente por su nombre en código, Taigá. Si alguien quería ponerse en contacto con el personal que vivía allí debía dirigirse simplemente al código postal 'Kzyl-Orda-50', cambiado después a 'Tashkent-90'. Durante la mayor parte de su historia, el nombre oficial del centro de lanzamiento fue Tyura-Tam, pero años más tarde las autoridades soviéticas decidieron llamarlo Baikonur para confundir a la inteligencia norteamericana, ya que este era el nombre de un pequeño pueblo kazajo situado a 280 kilómetros.
El cosmódromo de Baikonur es un lugar de contrastes. Junto a las instalaciones que están en servicio y que presentan un aspecto cuidado puedes encontrar numerosos edificios en mal estado o incluso abandonados. Sin lugar a dudas, el edificio más sorprendente es el edificio de montaje MIK-112 (Монтажно-Испытательный Корпус, МИК). Visto de lejos no parece nada del otro mundo: una nave industrial del montón. Y encima con la mitad del techo derruido. Sólo cuando te acercas puedes apreciar sus enormes dimensiones. Con sus 240 metros de longitud y sus 188 metros de anchura, el MIK-112 es un monstruo que impresiona. Nada más y nada menos que el equivalente ruso del VAB del Centro Espacial Kennedy. Y equivalente en todos los sentidos, porque este coloso se construyo a mediados de los años 60 para el montaje del malogrado cohete lunar N1. Posteriormente, sería remozado en los años 80 para albergar al conjunto Energía-Burán. El MIK-112 cuenta con tres enormes hangares (naves 3, 4 y 5) de 60 metros de altura, que resultaron parcialmente destruidos el 12 de mayo de 2002 cuando el techo se derrumbó por culpa de la acumulación de nieve. En el accidente resultó destruido el primer transbordador Burán, el único que alcanzó el espacio en 1988. Uno de los tres hangares destruidos ya se ha sido reparado, aunque el MIK-112 tiene otras dos naves laterales de 30 metros de altura que se usan en la actualidad para el montaje de los cohetes Soyuz-FG, Soyuz-U y Soyuz-2. La visión del amasijo de hierros del techo al lado de los 'nuevos' hangares es una auténtica metáfora del estado del programa espacial ruso.

El MIK-112 visto desde la Rampa de Gagarin.

Las puertas del MIK-112 por donde salía el cohete N1 y el Energía.

Los hangares derrumbados del MIK-112 (derecha) y el restaurado (izquierda).

Los hangares usado hoy en día para el montaje de los cohetes Soyuz. Desde aquí salen rumbo a las rampas del Área 1 y 31.

El cosmódromo está dividido en multitud de 'áreas', la mayoría de ellas abandonadas hoy en día. El MIK-112 pertenece al Área 112 -lógico, ¿no?- y, al igual que el resto de áreas, está a cargo de una empresa determinada. En este caso, TsSKB Progress de Samara, fabricante de los cohetes Soyuz. Que nadie piense que se puede vagar por el cosmódromo libremente de área en área. Cada zona está convenientemente rodeada de vallas, muros o alambre de espino y el acceso a las mismas se controla mediante los debidos puestos de seguridad. El visitante que se aleje demasiado de su recorrido no tardará en ser llamado al orden por algún vigilante o soldado.

Los transportes del N1 y el Energía.

Un detalle de la cabina del transporte.

Tras el MIK-112 se encuentran los dos gigantescos transportes del cohete N1, que luego serían reconvertidos para el programa Energía-Burán. Parecen dinosaurios mecánicos de otra era, listos para despertarse en cualquier momento y poner rumbo a las rampas de lanzamiento del Energía, situadas un poco más al norte. Las instalaciones del Energía se dividen entre el Área 110, donde están las dos rampas en las cuales se efectuaron los lanzamientos de los cuatro N1 y el único del Burán, y el Área 250 o UKSS, desde donde despegó por primera vez el cohete con la maqueta de estación militar láser Polyus. El Área 110 es una auténtica ruina y por motivos de seguridad no se puede visitar. Por contra, el Área 250 está abierta al público, que puede disfrutar de la experiencia de colocarse en la mismísima rampa de lanzamiento del que fuese el más potente cohete de la URSS. En teoría, esta rampa está siendo rehabilitada para lanzar cohetes Angará-5 dentro del marco del proyecto Baiterek entre Rusia y Kazajistán, pero viendo el estado de las instalaciones algo me dice que jamás volveremos a ver el despegue de un cohete desde aquí.

Rampa de lanzamiento del Energía en el Área 250 (UKSS).

Torre de servicio del Área 250.

El foso del Área 250.

Entre el Área 110 y el Área 112 se encuentran los edificios MZK y SDI, construidos para el programa Energía-Burán. Dentro del SDI todavía se puede admirar una maqueta del cohete Energía-M, mientras que en el MZK se halla la 2K, la segunda lanzadera del programa Burán que debía alcanzar el espacio. Mientras lees estas líneas, la 2K se pudre lentamente en el interior de su edificio sin que a nadie le importe. Todo un símbolo del destino del otrora grandioso proyecto Energía-Burán.

Edificios MZK (derecha) y SDI del programa Burán (Área 112A).


'El cohete es como una novia y los cosmonautas son los novios. Y como en cualquier boda que se precie, el novio no puede ver a la novia antes del gran día, es decir, el lanzamiento'. Esta es una de las muchas tradiciones y supersticiones que adornan el desarrollo de una misión tripulada Soyuz. Y lo cierto es que el traslado del cohete hasta la rampa es un ritual casi mágico. Si quieres verlo hay que madrugar bastante. La tradición obliga a que el traslado dé comienzo alrededor de las siete en punto de la mañana. El autobús te deja junto al mastodóntico edificio de montaje MIK-112 y sólo tienes que andar unos pocos metros para situarte junto a las puertas del hangar donde se ensambla el cohete (el antiguo y cercano edificio de montaje del Área 2 usado por Koroliov durante los orígenes del programa espacial ya no se usa y se encuentra abandonado).

El cohete comienza su traslado a la rampa.

Pocos minutos antes de la hora prevista, la puerta del MIK-112 se abre, dejando a la vista la parte inferior del cohete con las vistosas cubiertas de color rojo que protegen las toberas. Junto a las vías se agolpan los curiosos: trabajadores del cosmódromo, personal de la NASA, representantes de las empresas TsSKB Progress (fabricante del cohete), RKK Energía (fabricante de la nave Soyuz), TsENKI, etc. Guardias armados vigilan que nadie se sitúe en las vías o se dirija hacia el cohete, así que para la mayoría de presentes resulta imposible cumplir con la tradición de situar monedas sobre las vías del tren para que sean deformadas por el convoy (se considera que dan buena suerte).

La rampa de Gagarin desde el cruce.

El cohete se acerca con los edificios (SDI y MZK) del programa Energía-Burán detrás.

A pesar de la presencia de tanta gente, el ambiente general es de respetuoso silencio. Nadie se atreve a romper la solemnidad del momento. Cuando el reloj marca las siete, el maquinista toca el claxon de la locomotora y ésta se pone en marcha. El cohete pasa junto a tu lado a pocos metros de distancia. Casi puedes tocarlo... aunque la presencia de varios guardias armados con rifles automáticos te hace cambiar pronto de idea. El olor a diesel es casi un bofetón a esas horas de la mañana. El convoy se mueve lentamente, pero más rápido de lo que parece en las imágenes de televisión. Hay que andar a paso muy firme para seguirlo, aunque tampoco hace falta. Tras pasar las primeras decenas de metros, el tren atraviesa las puertas de la valla exterior del perímetro del MIK-112. Sólo el personal de seguridad y los técnicos pueden seguir al convoy hasta la rampa.

La tripulación de reserva de la Soyuz TMA-09M observa el traslado.

Casi puedes tocarlo.

Un servidor en la zona.

El cohete hacia la rampa.

Aquellos que lo deseen, pueden acercarse al punto donde la carretera que lleva a la Rampa de Gagarin se cruza con las vías para ver pasar nuevamente al tren. Una vez más, los guardias intentarán disuadir a los presentes para que no sitúen monedas en las vías, con un éxito relativo. Un helicóptero y blindados de las fuerzas especiales se aseguran de que el traslado se desarrolle sin onconvenientes. La tripulación de reserva de la Soyuz TMA-09M (Mijaíl Tyurin, Richard Mastracchio y Koichi Wakata) están junto a nosotros para despedir al cohete. Y es que otra tradición obliga a que la tripulación de reserva supervise el traslado, ya que la principal no puede hacerlo. Con la Rampa de Gagarin a la vista, el cohete Soyuz-FG es aún más bonito.

Un guardia vigila que la gente no ponga monedas en las vías. Al fondo, el MIK-KA del Área 254.

Las fuerzas especiales vigilan con blindados la operación.

Tras llegar a la Rampa de Gagarin (PU-5 del Área 1), el cohete es situado en posición vertical. A diferencia de los Estados Unidos, donde es imposible acercarse mucho hasta una rampa de lanzamiento con un cohete en ella, en Baikonur no existe tal restricción (siempre y cuando el cohete no esté cargado de combustible). Pasear a pocas decenas de metros del lanzador situado en la rampa es casi una experiencia religiosa. ¡Este es el lugar desde el cual la humanidad alcanzó el espacio por primera vez! Sputnik, Laika, Gagarin... el peso de la historia es abrumador. Pero independientemente de su historia, lo impresionante es saber que en pocas horas esta belleza pondrá rumbo al espacio con tres personas en su interior. El ser humano es capaz de cosas increíbles.

La rampa de Gagarin con el cohete de la Soyuz TMA-09M.

Justo antes de pasar cerca de la rampa las señales te indican que dentro de unas horas ésta va a ser una zona peligrosa cuando el cohete esté cargado de combustible.

¡Eureka en la Rampa de Gagarin!

La cofia con la torre de escape.

El foso de la rampa visto de cerca. Barmin hizo un gran trabajo.


La entrada del Hotel de los Cosmonautas en Baikonur no tiene nada de llamativo. Situado en el norte de la ciudad en la carretera que conduce al cosmódromo, parece un complejo turístico más, no muy distinto a esos hoteles de la costa mediterránea española que conocieron tiempos mejores. La diferencia es más acentuada si lo comparamos con el nuevo hotel Baikonur, de corte moderno y construido recientemente al otro lado de la calle. Pero cuando llegas a la entrada te das cuenta de que este no es un hotel normal. Una pequeña señal se encarga de dejar claro que estás a punto de entrar en la mismísima zona de cuarentena de los cosmonautas. Eso y la presencia de varios militares armados hasta los dientes que se encargan de registrar tus pertenencias antes de acceder al recinto.

El exterior del hotel, con su famoso mural y el símbolo del Centro de Entrenamiento de los Cosmonautas (TsPK). La sala de prensa se encuentra justo en esta zona en la primera planta.

La señal a la entrada del Hotel de los Cosmonautas.

Nuestro objetivo era ver a los cosmonautas el día antes de su lanzamiento durante la tradicional rueda de prensa. Entramos por una puerta lateral del hotel rodeados por decenas de personas. Allí se encuentran periodistas de todo el mundo, pero también altos cargos de Roscosmos, la NASA y la ESA. El mismísimo Jean-Jacques Dordain, director general de la agencia espacial europea, está por allí, así como el astronauta Frank de Winne. La sala de prensa es mucho más pequeña de lo que parece en la televisión y la gente se aprieta contra las paredes. En un extremo de la sala se sitúa la habitación acristalada para los cosmonautas. El cristal de la habitación es lo único que los separa de posibles gérmenes que pudieran frustrar su misión.

Entrada al hotel.

El emblema del TsPK en el hotel.

La tripulación principal y de reserva de la Soyuz TMA-09M durante la rueda de prensa.

El emblema de la misión.

La tripulación principal y la de reserva entran en la habitación desde un pasillo lateral. Hay saludos y los flashes de las cámaras de la prensa se vuelven locos. Comienza la ronda de preguntas, la mayoría de ellas tópicas y típicas, ya repetidas cientos de veces en el transcurso de otras misiones. Luca Parmitano, el astronauta novato de la ESA, atrae la atención de la mayor parte de los medios. Los cosmonautas responden de forma amable y por lo general se limitan a decir lo que se espera de ellos. Titulares previsibles para una ceremonia previsible. Sólo los niños son capaces de poner un punto de frescura al protocolo. '¿Tienes miedo?', le pregunta un pequeño chaval ruso de no más de diez años al curtido Yuri Yurchijin, comandante de la Soyuz TMA-09M. Yuri sonríe, quizás porque sabe que es una pregunta que ningún periodista de la prensa acreditada se atrevería a hacer.

El astronauta europeo Frank de Winne.

El pope de los cosmonautas.

La ceremonia concluye con los cosmonautas en pie posando para la prensa. Tras despedirse del público, desaparecen por la misma puerta que entraron hacia sus habitaciones, situadas en el piso superior, no sin antes recibir la bendición de uno de los popes de Baikonur. El día después del lanzamiento pudimos visitar el hotel y la zona de cuarentena. En el pasillo del primer piso se encuentran las habitaciones de la tripulación, cada una de ellas con la firma de los cosmonautas que han dormido en ellas. La mañana del lanzamiento, la tradición obliga a que los cosmonautas firmen en la puerta antes de salir hacia el cosmódromo (las puertas repletas de firmas se desmontan y se conservan en el sótano del hotel). El visitante también puede acceder a la habitación acristalada -'la pecera'- si lo desea para hacerse algunas fotos imitando a los cosmonautas.

La puerta de acceso a la zona de cuarentena en la sala de prensa.

Otro cartel de cuarentena, pero en el piso de los cosmonautas.

La puerta de Karen Nyberg.

La puerta de Luca Parmitano.

La sala de prensa, ya sin los cosmonautas.

Al lado del hotel se encuentra también otro lugar sagrado: el paseo de los cosmonautas, donde se hallan los árboles de la mayoría de cosmonautas que han ido al espacio (y digo la mayoría porque pude comprobar que no están todos). La tradición obliga -una vez más- a que cada cosmonauta plante un árbol antes de su primer viaje espacial. Yuri Gagarin inició esta costumbre y desde entonces todos los que le han seguido han cumplido con ella. No todos los árboles están en buen estado. Sin ir más lejos, se ve que el de nuestro compatriota Perdo Duque no ha crecido mucho que digamos en estos últimos diez años.

El paseo de los cosmonautas con los árboles plantados por los mismos.

Los árboles de Gagarin (izquierda) y Titov (derecha).

Una tortuga que andaba por allí entre los árboles... ¿una veterana de las misiones Zond?

El árbol, o mejor dicho, el palo de Pedro Duque.

Un modelo del Protón junto al paseo de los árboles con el río Sir Daria detrás.

El Hotel de los Cosmonautas es una burbuja aislada en el tiempo. Las tradiciones y ritos de hace treinta años se mantienen intactas como si el mundo exterior no hubiese cambiado. Pero sí que lo ha hecho. Con la entrada en servicio del futuro cosmódromo de Vostochni, Rusia pretende trasladar el lanzamiento de misiones tripuladas fuera de Baikonur. ¿Hasta cuándo seguirá siendo el Hotel de los Cosmonautas la última morada de aquellos que osan abandonar nuestro planeta?
Posted: 01 Jun 2013 03:58 AM PDT
El 24 de mayo a las 20:27 UTC la compañía ULA (United Launch Alliance) lanzó un cohete Delta IV M+ (5,4) (misión D-358) desde la rampa de lanzamiento SLC-37 de la Base Aérea de Cabo Cañaveral con el satélite militar de comunicaciones WGS-5 (USA 243).

Lanzamiento del WGS-5 (ULA).

WGS-5

El WGS-5 (Wideband Global Satcom 5) es un satélite de comunicaciones geoestacionario de 5987 kg construido por Boeing para la la Fuerza Aérea de los EEUU (USAF) usando el bus BSS-702. Se trata de la quinta unidad de la familia WGS lanzada desde 2007. El WGS-5 permite enlaces de comunicaciones en el rango de 500 MHz de la banda X y en el rango de 1 GHz de la banda Ka. La tasa de transmisión de datos es de 2,4-3,6 Gbps. El satélite puede gestionar las comunicaciones de hasta 19 zonas geográficas independientes. El WGS-5 es el segundo ejemplar de la serie mejorada Block II de la familia WGS. Posee 4 motores iónicos XIPS-25 (de 25 cm de diámetro)para el control de posición y su vida útil se estima en 14 años. La familia WGS (Wideband Gapfiller Satellite) nació en 2001 con el objetivo de suceder a la serie de satélites militares de comunicaciones DSCS-3. En 2007 su nombre se cambió a Wideband Global Satcom. Están controlados por el Army Wideband Satellite Operations Centers (WSOC). De acuerdo con el contrato original, Boeing debe construir otros cinco WGS.

WGS-5 (Boeing/ULA).

Póster de la misión (ULA).

Delta IV M+ (5,4)

El Delta IV M+ (5,4) es un cohete de dos etapas con una capacidad en órbita baja (LEO) de 11475 kg o 6555 kg en una órbita de transferencia geoestacionaria (GTO). Se trata de un lanzador EELV de la serie Delta IV con un sólo CBC (Common Booster Core) en la primera etapa, una segunda etapa de 4 metros de diámetro, una cofia de 5 metros y cuatro cohetes de combustible sólido SRM (Solid Rocket Motor) GEM-60. Emplea hidrógeno y oxígeno líquidos en sus dos etapas y, al igual que el Atlas V, está basado en un diseño modular para acomodar distintas cargas útiles según en varias versiones del lanzador.

Delta IV M+ (5,4) (ULA).

Evolución de los lanzadores Delta (ULA).

La familia Delta IV (ULA).

La primera etapa usa el motor criogénico RS-68 (fabricado por Pratt & Whitney Rocketdyne). El RS-68 fue diseñado durante los años 90 y tiene un empuje en el vacío de 3312 kN, muy superior al del SSME (2278 kN), lo que lo convierte en el motor criogénico más potente de la historia.

La segunda etapa del Delta M+ (5,4) está basada en la del Delta III y usa un motor RL10B-2, también fabricado por Pratt & Whitney Rocketdyne, con un empuje de 110 kN y un impulso específico de 462 s. Este motor está basado en el RL-10 desarrollado a finales de los 50 y que ha sido usado también en los cohetes Atlas y en la etapa Centaur.

Segunda etapa del Delta M+ (4,2), arriba, y la del Delta IV Heavy (abajo)(ULA).

El motor criogénico RL-10B-2 con la tobera extensible plegada (ULA).

El Delta IV M+ (5,4) usa cuatro SRM fabricados por Alliant Techsystems, también conocidos como GEM-60 (Graphite-Epoxy Motors), basados en los GEM-46 del Delta III. Funcionan durante 90 segundos y tienen 1,5 metros de diámetro, un empuje de 826,6 kN y un impulso específico de 275 segundos cada uno.

Lugar de fabricación de los distintos componentes del Delta IV (ULA).


Montaje de los distintos componentes del Delta IV M+ (ULA).

La HIF (Horizontal Integration Facility), donde se integran los cohetes (ULA).

El SLC-37 en Cabo Cañaveral (ULA).

Fases del lanzamiento del WGS-4 (ULA). 

Traza orbital (ULA).

Integración de la carga útil con el lanzador (ULA).

Retirada de la torre de servicio (ULA).

Lanzamiento (ULA).

Vídeo de los preparativos y el lanzamiento:


Ver el lanzamiento de una nave Soyuz tripulada. El sueño de cualquier espaciotrastornado. Tras contemplar el traslado del cohete, las instalaciones del cosmódromo, la rampa y la rueda de prensa de los cosmonautas, el despegue se antojaba una especie de clímax perfecto para un viaje perfecto. Pero a medida que la cuenta atrás avanzaba inexorablemente hacia la hora cero, nuestra preocupación aumentaba. ¿Sufriría algún retraso el lanzamiento?¿Sería tan espectacular como esperábamos? Había recorrido casi ocho mil kilómetros desde Canarias para llegar hasta aquí. Como alguien que ya había visto el despegue de un vector espacial, temía en secreto que el lanzamiento me defraudase. Porque una vez visto uno, vistos todos, ¿no? Pronto saldríamos de dudas.

La zona de la Rampa de Gagarin (17P325) del Área 1 del cosmódromo de Baikonur.

Mientras la tripulación se enfundaba en sus escafandras Sokol-KV2 en el edificio MIK-KA del Área 254 de Baikonur, nosotros poníamos rumbo al cosmódromo. Una vez más, pasamos por el control de la entrada y nos dirigimos hacia el Área 254. El trayecto desde la ciudad hasta el centro de lanzamiento requiere una media hora aproximadamente, tiempo suficiente para reflexionar sobre dónde estamos y qué es lo que estamos a punto de presenciar. Nuestra primera parada, el edificio MIK-KA. Allí asistiríamos a la tradicional despedida de los cosmonautas, ya embutidos en sus escafandras, rumbo a la rampa. El sol se había puesto tras el horizonte, pero la temperatura era de unos agradables veinte grados aproximadamente. Nos situamos frente al paseo de los cosmonautas, marcado en el suelo por unas líneas de color blanco. Al otro lado del paseíllo vemos a los familiares de la tripulación y la prensa internacional, incluyendo a las enormes cámaras de la NASA TV. Unos cuantos guardias vigilan que todos estén donde deben estar. A la derecha podíamos ver los dos autobuses encargados de llevar a los cosmonautas y la Comisión Estatal hasta la rampa, los mismos que se llevan usando para esta tarea desde los años 70.

El paseo de los cosmonautas frente al MIK-KA.

Los dos autobuses que llevarán a los cosmonautas hasta la rampa.

Se acerca la hora del traslado a la rampa. Los autobuses arrancan sus motores y los miembros de la prensa ocupan posiciones. La Comisión Estatal se sitúa frente al paseo. Y entonces los tres cosmonautas -Yuri Yurchijin, Karen Nyberg y Luca Parmitano- salen del edificio rodeados por los flashes de los fotógrafos. Los familiares y amigos saludan a sus seres queridos mientras todo el mundo aplaude. Caminan con paso firme, pero se nota que las escafandras Sokol han sido diseñadas para permanecer sentado en el interior de la Soyuz, no para andar con ellas. Los cosmonautas están ligeramente encorvados por el peso y la forma del traje, lo que no resta solemnidad a la ceremonia. Tras recibir la autorización oficial para el vuelo por parte de la Comisión Estatal -un mero trámite-, la tripulación saluda militarmente y se dirige hacia los autobuses, rodeados por decenas de personas. Antes de que nos demos cuenta ya han abandonado el recinto del MIK-KA escoltados por varios coches de policía. Durante el camino a la rampa, que se encuentra a unos tres kilómetros, el convoy hará una parada para que los cosmonautas puedan orinar sobre la rueda del autobús, quizás la tradición más famosa y antigua de Baikonur y que se remonta al vuelo del mismísimo Yuri. Obviamente, no podemos asistir a la ceremonia, pero es de suponer que la norteamericana Karen Nyberg lleve consigo una pequeña muestra de orina en un frasquito para evitar tener que quitarse la escafandra.

Los cosmonautas ante la comisión estatal (RKK Energía).

Un traje Sokol-KV2 en el museo de Baikonur.

Quedan poco más de dos horas para el despegue y nos dirigimos hacia nuestro punto de observación, situado en el helipuerto junto al punto de telemetría número uno (IP-1), a menos de kilómetro y medio de la rampa. Que podamos acercar tanto a la rampa es simplemente increíble. Cuando asistí al lanzamiento de la sonda Juno, la NASA me hizo firmar varios papeles que básicamente venían a decir que si me caía un trozo de cohete en la cabeza la responsabilidad era mía y que yo -o mi viuda, más bien- renunciaba a demandarlos ante los tribunales. Y eso que en aquella ocasión observamos el despegue desde unos cinco kilómetros de distancia. En esta ocasión nadie nos hizo firmar nada.

La noche es perfecta. Ni una sola nube se atreve a cubrir la estepa kazaja. El cielo estrellado no es tan impresionante como el canario, pero no deja de ser un espectáculo digno de admirar. Frente a nosotros, el cohete, aún rodeado por las torres de servicio. A la derecha, la Luna a escasa altura sobre el horizonte encima de los edificios del IP-1. La oscuridad a nuestro alrededor es casi absoluta y por un momento me pregunto si corremos peligro de ser mordidos por alguna de las famosas marmotas de la estepa que pululan por aquí.

El lugar de observación según Google Earth.

Pero si alguna marmota decide visitarnos, yo no me doy cuenta. La cuenta atrás prosigue y tres cuartos de hora antes del despegue se retraen las torres de servicio. Ahora sabemos con seguridad que habrá lanzamiento. La tripulación ya no puede abandonar a pie el cohete y si tiene lugar alguna emergencia será la torre de escape (o sistema SAS) la encargada de alejarlos de la rampa como ya sucedió en 1983 con la Soyuz T-10-1. En esos mismos momentos, dos técnicos situados en el IP-5 Saturn situado a la entrada del cosmódromo están contemplando sendos botones a la espera de recibir una señal de emergencia. Si reciben la señal, ambos deben apretar los botones casi al mismo tiempo para activar el sistema SAS. Definitivamente, no me gustaría estar en su piel.

¡Lanzamiento! (RKK Energía).

La tensión crece a medida que se aproxima T-0, la hora prevista del lanzamiento. El reloj marca la hora de la verdad y lo vemos. Un resplandor surge de la base del cohete, seguido poco después por una gran nube de humo que escapa del foso. Debido a la poca distancia que nos separa de la rampa, el sonido nos llega casi al instante. Y entonces ocurre. El cohete se levanta en medio de un rugido ensordecedor. La noche se vuelve día cuando los cinco motores del Semiorka iluminan la estepa kazaja como si fueran un sol en miniatura. Sientes las vibraciones del despegue a través del suelo. El crepitar del aire es casi molesto, pero estás tan emocionado que no puedes articular palabra alguna. Poco a poco, el cohete acelera y se eleva majestuosamente siguiendo una trayectoria casi vertical desde nuestro punto de vista. El ruido y la luz de los motores se atenúan a medida que la bestia cobra altitud, pero al ser de noche podemos seguir su ascenso sin dificultad alguna. Al pasar por la zona de máxima presión dinámica (Max-Q) a once kilómetros de altura vemos claramente como se forma condensación alrededor del vehículo. Dos minutos después del lanzamiento se separan los cuatro bloques laterales de la primera etapa, formando en el cielo nocturno la famosa Cruz de Koroliov. El cohete sigue acelerando y no parará hasta alcanzar los 28000 km/h. Yuri, Karen y Luca van ahora camino de la órbita baja terrestre. Decir que el lanzamiento ha sido espectacular es quedarse corto. Suena a tópico, pero lo cierto es que no hay palabras para describir el espectáculo que acabamos de presenciar. Todavía tengo la piel de gallina cuando miro a mi alrededor para comprobar que no estoy soñando. En esos momentos me siento como un verdadero privilegiado. Todo el mundo debería contemplar un lanzamiento espacial al menos una vez en su vida. Y sigo sin ver ninguna marmota.

El resplandor del cohete se va haciendo más y más débil, hasta convertirse en una pequeña estrella que se mueve hacia el horizonte atravesando la constelación de Cefeo. Resulta casi imposible imaginar que dentro de esa luz que se desplaza por el cielo hay tres personas que viajan rumbo al espacio. Casi tan imposible como que haya podido presenciarlo en persona.


Como vimos en la primera entrega de estos diarios, Baikonur es una auténtica ciudad-museo. Cada calle, cada plaza, cada rincón esconde algún recuerdo o monumento dedicado a la exploración del espacio. Y no sólo al aire libre. Baikonur es famosa por tener varios de los mejores museos de temática espacial que uno pueda encontrar en el mundo. Dentro de la ciudad podemos visitar dos museos, además de un tercero que se encuentra dentro del recinto del cosmódromo -y del que hablaremos en una entrada posterior-. Nuestra primera parada es el Museo Histórico de Baikonur. A primera vista, este antiguo edificio soviético situado en medio de la ciudad no parece tener mucho que ver con el espacio. Pero no olvidemos que la historia de Baikonur es la historia de la conquista del espacio. El museo está dividido en tres zonas. La primera está dedicada a la construcción de la ciudad y el cosmódromo a partir de 1955, cuando la Comisión Estatal eligió la estación de Tyura-Tam como la futura base de lanzamiento del misil intercontinental R-7 Semiorka.

En el museo histórico de Baikonur se recrea la historia de la ciudad. Abajo, maqueta de la construcción de la Rampa de Gagarin en 1955.

Algunos trozos de cohetes y misiles situados a la entrada.

Estaciones de telemetría del cosmódromo.

Lanzadores soviéticos y rusos.

La segunda zona está dedicada a las raíces kazajas de la ciudad y el folclore local. No negaré que fue la que me pareció menos interesante, pero también tiene su encanto. Además, puedes 'interactuar' con la exposición y probarte la vestimenta tradicional (y no, no voy a poner fotografías del suceso).

Zona de la cultura kazaja, con muñeca diabólica incluida.

La tercera zona es sin duda la que llamará la atención a la mayoría de los lectores de Eureka. En ella podremos admirar todo tipo de maquetas y modelos de cohetes y vehículos espaciales soviéticos y rusos, aunque  sin duda lo más destacable son los fragmentos reales de cohetes -y algún que otro satélite que se dio un buen batacazo- que hacen de esta colección algo único en el mundo.

La tercera sala es el paraíso para los espaciotrastornados.

Maquetas de un Vostok y un Soyuz junto con fragmentos reales de las primeras etapas.

Una aleta de la primera etapa de un cohete Soyuz junto con uno de los soportes de los bloques laterales.

Un mural de estilo soviético con Tsiolkovsky, Koroliov y Gagarin.

El malogrado N-1.

La zona de Khrúnichev: el Protón-M y el Angará A5.

Una maqueta del pobre Klíper.

¡Gloria al R-7 Semiorka!

Un trozo del satélite Velka, escacharrado después de que el lanzador Dnepr fallase durante el lanzamiento.

Un traje Forel ('trucha') perteneciente las tripulaciones de las Soyuz para amerizajes de emergencia.

Ojito con los combustibles hipergólicos.

Modelo de la estación Mir.

El libro que el turista espacial Richard Garriott llevó al espacio en la Soyuz TMA-13, un recuerdo de su niñez.

Un traje Sokol-KV2 en su asiento Kazbek-U.

Una maqueta de la rampa de Gagarin.

Tras visitar el Museo Histórico de Baikonur, el visitante debe dirigirse sin falta a la Escuela Internacional del Espacio de Cheloméi. Sí, has leído bien. Es una escuela, no un museo, pero como si lo fuera, porque en su interior se hallan verdaderas piezas únicas, entre las que podemos destacar
 una auténtica cápsula VA del programa militar Almaz. No viajó al espacio, pero se trata de un ejemplar ciertamente único. Y lo bueno es que puedes tocar y manipular todo lo que quieras. Los alumnos de la escuela tienen acceso a todo este material desde pequeños y, de hecho, muchos de sus profesores son antiguos ingenieros que trabajaron en el cosmódromo. Tiene que ser una gozada estudiar aquí.

A la entrada de la escuela te encuentras un antiguo sistema de emergencia SAS de una Soyuz.

Escuela de Cheloméi.

Cohetes fabricados por los alumnos de la escuela de Cheloméi.

¡Un asiento eyectable K-36M del Burán!

Parte superior de un bloque lateral de un cohete Soyuz.

Puedes examinar en detalle los motores de un Protón.

El motor de un cohete R-1, el clon soviético de la V-2 alemana.

Traje con tubos de agua de un antiguo Orlán.

Un antiguo traje Orlán.

Un servidor dentro del Orlán. Es más grande de lo que parece por fuera.

Maqueta de una rampa de lanzamiento del Protón.

Un respeto a Vladímir Cheloméi.

Puedes tocar el equipo NAZ de supervivencia de las tripulaciones de las Soyuz.

¡Una cápsula VA de un carguero TKS de Cheloméi!

Detalle de la escotilla lateral (la VA tiene tres escotillas).

A los mandos de la VA. El interior es angosto, ¡y sin embargo es más grande que una Soyuz!

¿Se puede pedir algo más? Por supuesto que sí. Nos queda aún el plato fuerte, el mejor museo de Baikonur. Pero eso mejor lo dejamos para otra ocasión...


En la anterior entrada de este diario detallamos la visita a los museos de temática espacial de la ciudad de Baikonur. Sin embargo, nos dejamos el que sin duda es el más interesante en todos los aspectos. Hablamos del Museо del Cosmódromo de Baikonur.

La Maqueta de un cohete Soyuz nos da la bienvenida al museo.

Como su nombre indica, este museo no está situado en la ciudad, sino que se encuentra en el interior del cosmódromo. Más concretamente, se halla en un edificio de dos plantas del Área 2A del centro espacial, construido en 1958 como club para el personal militar del centro. El Área 2A del cosmódromo está muy cerca del Área 2B -donde se integraban antiguamente los cohetes Soyuz- y de la rampa de lanzamiento PU-5 ('Rampa de Gagarin') del Área 1. El museo fue inaugurado oficialmente el 15 de enero de 1965 y pasó a ser controlado por el ministerio de defensa de la URSS. Hoy en día está a cargo de la agencia espacial rusa Roscosmos.

Un respeto, que estamos ante Gagarin.

El recinto del Museo y las casas de Gagarin y Koroliov en Google Earth (Google).

Gran parte de la popularidad de la que actualmente goza este museo se debe a que es una de las visitas inexcusables de todo cosmonauta que quiera viajar al espacio. Se puede decir que ver el Museo del Cosmódromo no es algo voluntario, sino que forma parte de las múltiples tradiciones y supersticiones que siguen a rajatabla los tripulantes de una nave Soyuz. El edificio se encuentra dividido en seis salas con todo tipo de exposiciones relativas al uso militar y civil del cosmódromo y, como suele ocurrir en otros museos rusos, podemos encontrar piezas de enorme valor histórico mezcladas con otras no tan importantes, así que el visitante debe estar ojo avizor -y saber ruso para leer los carteles- si no quiere perderse alguna que otra joyita.

La parte más espectacular es sin duda alguna la exposición al aire libre en el patio del museo, donde se encuentra una lanzadera espacial Burán. Por supuesto, no se trata de la lanzadera Burán, la mítica nave 1K que voló al espacio en 1988 y que resultó destruida en 2002, sino del modelo OK-ML1. Aunque a veces se le designa de forma incorrecta como 'maqueta', la OK-ML1 -también denominada 4M u 11F35ML1- fue un modelo de ingeniería que sirvió para ensayar diversas operaciones críticas del programa Burán. Llegó a Baikonur en 1983 y se usó para todo tipo de pruebas, incluyendo varios ensayos de encendido de los motores de maniobra (recordemos que las lanzaderas del sistema Burán han sido las únicas naves que usaron queroseno y oxígeno líquido en los motores de control de actitud y para elevar la órbita). Tras la cancelación del programa Energía-Burán a comienzos de los años 90, la OK-ML1 permaneció abandonada en el Área 254 del cosmódromo. Allí estuvo pudriéndose a la intemperie hasta que en 2007 Roscosmos decidió trasladarla al museo y restaurarla.

El 'Burán' OK-ML1.

Parte trasera.

Posando con el Burán, que no se diga.

Su estado es francamente mucho mejor que el de la maqueta OK-M expuesta en el Parque Gorki de Moscú y eso que, al igual que su hermana, el interior ha sido transformado en un pequeño museo donde se exhiben piezas del programa espacial soviético. Pero a diferencia de la OK-M, la OK-ML1 está recubierta de losetas térmicas, aunque no son auténticas. De todas formas, si quieres ver -y tocar- losetas térmicas de verdad no tienes más que introducirte en la bodega de carga, donde se exponen algunas losetas del auténtico Burán 1K. Si nunca has tocado una loseta cerámica, te sorprenderá su ligereza (¡parecen hechas de corcho!). Desde la bodega de carga es posible acceder a la cubierta de vuelo inferior, transformada en un pequeño cine donde se proyectan vídeos de los dos lanzamientos del cohete Energía. Y, si tienes algo de habilidad, desde allí puedes trepar hasta la cubierta superior de vuelo por una escalerilla para admirar el paisaje. La OK-ML1 nunca fue diseñada para ir al espacio, así que alguien pensó que sería una buena idea dotarla de un panel de mandos como las lanzaderas 'de verdad' (es decir, las 1K, 2K y 3K). La pena es que la restauración fue un poco chapucera y el cockpit es una simple fantasía que no guarda parecido alguno con el verdadero. Eso sí, sentarse 'a los mandos' -aunque sean de mentira- del Burán no tiene precio. Curiosamente, la cubierta de vuelo superior me pareció bastante pequeña, especialmente teniendo en cuenta que estaba diseñada para cuatro tripulantes (y sí, sus dimensiones son similares a la cubierta del shuttle norteamericano). Puede que sea más espaciosa que una Soyuz -sobre todo en microgravedad-, pero no tanto como esperaba.

Las auténticas losetas térmicas del Burán (los trozos que faltan no nos los llevamos nosotros, palabrita del niño Jesús).

Aquí estamos comandando el Burán.

Además del Burán, en el exterior del museo podemos admirar una nave Soyuz 7K-T entera en medio del jardín -¿acaso hay un mejor sitio para poner una Soyuz?- o un motor RD-0120 usado en el gran cohete Energía, entre otras piezas y modelos de todo tipo.

Una Soyuz 7K-T en el jardín.

Un motor RD-0120 a base de hidrógeno y oxígeno líquidos del Energía.

Un antiguo sistema de escape SAS.

Tras la visita al exterior, toca meterse en el museo propiamente dicho. Empezando por una de las salas del piso superior encontramos nuestra primera sorpresa. Allí está nada más y nada menos que Iván Ivánovich, el famoso maniquí que voló junto a la perrita Zviózdochka en la nave Vostok 3KA-2 el 25 de marzo de 1961. El vuelo de Iván, totalmente exitoso, permitió que Gagarin volase al espacio unas semanas más tarde. El maniquí se encuentra expuesto con su traje de presión anaranjado Sokol SK-1 sentado sobre el paracaídas y el asiento de eyección de la Vostok.

Iván Ivánovich con su asiento eyectable.

En esta sala los cosmonautas dejan estampada su firma antes de partir al espacio.

En la misma sala también podemos disfrutar de la cápsula en la que viajaron al espacio los perros Ugoliok y Veterok en la Kosmos 110, así como del panel de control que estaba en el búnker de lanzamiento y desde el cual se dio la orden de despegue del Sputnik o el vuelo de Gagarin. ¡Con este panel de mandos se lanzó el primer satélite de la humanidad!

Panel de control de los primeros cohetes R-7.

Construyendo la Rampa de Gagarin.

La rampa en la actualidad.

Modelos del R-7 Semiorka.

Uno de los primeros globos completos de la Luna.

En otra sala contigua encontramos una antigua cápsula Soyuz 7K-T, así como un antiguo traje de presión Sokol-KV en su asiento Kazbek junto a un moderno traje extravehicular Orlán-DMA. Lo gracioso del caso es que puedes tocar y manipular a tu antojo los trajes, algo que siempre vale la pena (el tacto de un Orlán llama la atención por culpa del material aislante que tiene bajo la tela exterior y que provoca que tengas la impresión de tocar bolsas de plástico bajo una capa de tela). No obstante, los retratos de todos los cosmonautas que han viajado al espacio en una nave soviética o rusa nos contemplan desde la pared, así que más te vale ser cuidadoso.

Una cápsula Soyuz 7K-T.

Panel de mandos de la Soyuz.

Escotilla superior.

El Orlán-DMA te observa...

Traje de rutina en la Mir (izquierda) y el pijama con tubos de agua para el Orlán (derecha).

Un antiguo Sokol-KV de las Soyuz 7K-T.

En las salas inferiores se encuentra una gran sala con modelos de todos los cohetes y misiles usados a lo largo de la historia del cosmódromo, así como una gran maqueta del centro espacial famosa por aparecer en todas las fotografías de las tripulaciones de las Soyuz.

¡Un motor NK-33 del cohete lunar N1! Es más grande de lo que me imaginaba.

La famosa maqueta del cosmódromo y la ciudad.

Una maqueta del UR-500 original.

Cohetes a tutiplén. Aquí los desarrollados por Yangel.

Interesante cartel con las distintas zonas de caída de las etapas de cada lanzador.

También podemos encontrar cohetes y motores de los pioneros de la cosmonáutica.

Otro traje Sokol-KV con un maniquí que da bastante yuyu.

Las últimas salas del museo están dedicadas al programa Interkosmos soviético y a los proyectos de colaboración internacional. Es aquí donde los cosmonautas firman en el libro de visitas del museo, así que vale la pena darse una vuelta por los cientos de recuerdos que conmemoran las distintas misiones internacionales que se han llevado a cabo desde que Vladímir Remek viajase al espacio en 1978.

El famoso libro de visitas del cosmódromo.

Toda esta zona es un paraíso para los fanáticos de los memorabilia, como dicen al otro lado del charco.

Aunque no se encuentran dentro del recinto del museo, justo al lado del mismo podemos admirar las míticas casas de Yuri Gagarin y Serguéi Koroliov. Se trata de dos pequeñas casitas idénticas de estilo ruso, cada una con cuatro habitaciones, que han sido convertidas en sendos museos. A la izquierda se encuentra la casa de Gagarin, en la que el primer cosmonauta de la Tierra durmió -o más bien fingió que lo hacía- junto a Titov la noche del 11 de abril de 1961. La casa sería posteriormente usada por otros cosmonautas del programa Vostok, pero actualmente se halla tal y como se supone que la dejó Gagarin antes de su vuelo. Junto a la cama de Yuri podemos ver su ropa de militar expuesta en una vitrina. Resulta chocante pensar que la conquista del espacio tuvo unos orígenes tan modestos.

La casa de Gagarin.

La cama de Gagarin y su ropa. La cama de Titov está en la pared opuesta.

La cama del Ingeniero Jefe junto con su teléfono, todo un iPhone soviético.

Las placas conmemorativas en el exterior de las casas de Gagarin y Koroliov. ¡La humanidad comenzó la conquista del espacio desde aquí!

Una maqueta de las casas que se encuentra en el interior del museo.

La visita a estas casitas es otra tradición arraigada entre los cosmonautas, aunque en este caso se trata de una costumbre mucho más fácil de entender. Rendir honores a Yuri y al Ingeniero Jefe es una tradición más que lógica. Y es que lo más original de este museo es que se encuentra situado en una zona histórica, una zona que constituye un auténtico museo en sí misma. Por eso, y a pesar de que quizás sea ligeramente menos espectacular que el Museo de la Cosmonáutica de Moscú, el Museo del Cosmódromo de Baikonur es único e irrepetible.

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