EL EJÉRCITO QUE FORJÓ EL PRIMER IMPERIO
Antes del 2300 a.C., la llanura entre los ríos Tigris y Éufrates estaba dividida en ciudades-estado. Como suele suceder cuando se da esta circunstancia, esas ciudades guerreaban de vez en cuando entre ellas, por regla general para apoderarse de recursos. Las ciudades sumerias no disponían de ejércitos permanentes, sino que dependían de la formación de levas ciudadanas para poder ir a la guerra. Un ejército típico de la época podía oscilar entre los 800 y los 1.000 combatientes. Gracias al descubrimiento por parte de Sir Leonard Woolley del Estandarte Real de Ur en las tumbas reales de dicha ciudad, sabemos que un ejército sumerio basaba su fuerza en la falange. Los infantes se protegían con cascos de cuero y portaban lanzas de hasta unos 3 metros de longitud con punta de bronce o cobre, siendo más habitual lo segundo, pues el bronce era caro y no todas las ciudades podían disponer de grandes cantidades de dicho metal. Se piensa que los escudos estaban hechos de mimbre y recubiertos con cuero. La táctica era simple: las dos falanges enemigas, de un número indeterminado de filas, se enfrentaban la una a la otra y chocaban escudo contra escudo y lanza contra lanza. Ganaba quien aguantaba más sin perder la formación o el más hábil a la hora de clavar la lanza en el contrario. La mejor protección contra esta táctica consistía en unos mantos de cuero, reforzados con placas de bronce, con los que se cubrían los infantes, aunque tal vez no todos. Solo los jefes y líderes portaban, por ejemplo, cascos de bronce.

Junto con la infantería sabemos que actuaban arqueros, aunque en poca cantidad, pues los arcos sumerios, construidos con madera de palma datilera, no eran demasiado potentes, y al ser levas ciudadanas no debían ser muy profesionales. Más efectivos que los arqueros eran los honderos, que actuaban como merodeadores hostigando los flancos de la falange enemiga. Los más apreciados, no se sabe por qué, eran los procedentes de Eridu y Nippur. Finalmente, en el Estandarte Real de Ur vemos algunos carros de guerra, de cuatro ruedas y tirados por onagros. Reconstrucciones modernas nos han mostrado que eran lentos y de difícil maniobra, por lo que se supone que solamente servían como elemento ostentoso y, tal vez, para perseguir al enemigo ya en derrota.

Y es en este momento, en pleno auge de las ciudades-estado, cuando aparece un personaje que revoluciona la llanura de los dos ríos: Sargón de Akhad. Según sus textos autobiográficos era acadio, hijo de una sacerdotisa, madre soltera, que le había abandonado en una cesta en el río. La cesta fue encontrada por un jardinero del rey de Kish, el cual lo adoptó y lo introdujo en la corte real -si a alguien le suena de algo esta historia debo advertirle que, cualquier parecido con la coincidencia, es pura… realidad). Años después fue nombrado copero del rey y, tras el consabido golpe de estado, usurpó el trono. Una vez convertido en monarca de Kish, realiza varias reformas del ejército y de las sencillas tácticas militares de la época.

La primera reforma consistió en crear un ejército profesional. En uno de sus textos se jacta de tener en la capital acadia (Agadé) a 5.000 soldados profesionales, a los que alimenta y paga de su bolsillo. Esto le permitía, por una parte, asegurarse la lealtad de esos soldados, y por otra parte, disponer durante todo el año de una respetable cantidad de guerreros profesionales y entrenados que quintuplicaban en número los habituales destacamentos ciudadanos. Cada vez que conquistaba una urbe, colocaba una pequeña guarnición acadia en ella, con lo que además de actuar como velada advertencia hacia los recién -y posiblemente poco felices- conquistados, le permitía controlar mejor el entrenamiento de las levas ciudadanas. En total se calcula que el ejército acadio, bajo el reinado de Sargón, pudo llegar a los 35.000 efectivos, todo un “Grande Armée” de la época.

En cuanto al armamento, la reforma fue también amplia, afectando incluso a la táctica militar. Sargón mantuvo el uso de la falange de infantes cubiertos con mantos reforzados, eso sí, siendo más profesionales por haber pasado por un entrenamiento a fondo. A las lanzas sumerias les añadió el siparru. Esta arma, que ya era usada antes por líderes y generales sumerios, es lo que comúnmente conocemos como una “espada-hoz”. Estaba construida de bronce, lo que implicaba disponer de gran cantidad de dicho metal, razón por la que Sargón se apresuró a conquistar la parte montañosa del Elam, en la actual frontera entre Iraq e Irán, que era rica en minas de cobre y estaño. Pese a que se le llama “espada”, en realidad no se utilizaba como tal. Los movimientos de esgrima de los dothrakis, que vemos en la popular serie “Juego de Tronos”, no solo eran inútiles con ella, sino incluso peligrosos para el portador. El siparru, y en general las espadas-hoz de todo tipo, se utilizaban para enganchar el escudo del adversario y descubrir su garganta, permitiendo que un compañero le hiciera una alusión personal con la lanza. Otro uso más directo consistía en degollar con ella al descuidado de turno.

Además del siparru, Sargón introduce de forma masiva el arco compuesto, conocido desde tiempo atrás por los nómadas semitas acadios. Estaba construido con láminas de una madera fuerte, reforzadas en la parte externa de las palas por tendones de animales y, en la interna, por piezas de cuernos de animales. Todo ello iba unido por un pegamento especial compuesto, que sepamos por tendones hervidos y pieles de pescado. Al contrario que el arco sumerio, que no debía alcanzar las 30 o 35 libras de potencia, el arco compuesto superaba holgadamente las 55, lo que unido a una punta de bronce permitía atravesar los mantos reforzados de la infantería sumeria. Gracias a esta arma, la falange acadia avanzaba hacia el enemigo apoyada por un fuerte contingente de arqueros que arrojaban desde su retaguardia descargas de flechas contra el enemigo, quebrantando su formación y produciendo una buena cantidad de bajas antes del enfrentamiento entre infantes. Eso sí, los arqueros pasan a también a ser, por necesidad, profesionales altamente cualificados. Para poder disparar un número apreciable de flechas durante una batalla, con un arco tan potente y con garantías de precisión y velocidad, se precisan años de dedicación, entrenamiento y fortaleza física.

Otros elementos adicionales utilizados por el ejército acadio, fueron el aumento del número de honderos, que ya no eran empleados como merodeadores sino que sumaban sus proyectiles a las descargas de flechas, y la utilización de técnicas de sitio para derribar murallas. Podemos, por tanto, hacernos una acertada idea de cómo Sargón pudo convertirse en el conquistador invencible de las crónicas mesopotámicas. Una leva ciudadana malamente podía enfrentarse a ese ciclón militar que le caía encima. Algunas de las batallas se llegan a describir como de “poca duración”, tal vez apenas un encontronazo seguido de una desbandada general.

Finalmente, el monarca acadio adoptó la costumbre de reclutar a los vencidos. Hasta entonces, cuando dos ciudades sumerias se enfrentaban, los soldados derrotados podían ser perdonados directamente, con lo que se limitaban a volver a sus casas (raras veces), ejecutados en el mismo campo de batalla (lo más habitual) o sometidos a esclavitud (en ocasiones). Sargón perdonaba a los vencidos y acto seguido los alistaba en un regimiento profesional. Con ello no solo aumentaba el número de efectivos de su ejército, sino que esos derrotados, al ver su manutención asegurada, así como una nueva forma de vida más acomodada que la anterior, se convertían en los más fieles y dedicados soldados profesionales. Suele decirse que no hay mayor fanático que el recién converso.

Este enorme y perfectamente entrenado ejército, consiguió que Sargón pasara de ser “Rey de Kish” a “Señor de las Cuatro Zonas del Mundo”, extendiéndose sus dominios desde la moderna frontera entre Irán e Iraq hasta el actual sur de Turquía y, por el oeste, posiblemente hasta la isla de Chipre. Sin embargo todo el mundo tiene un mal día o un talón de Aquiles y, con el tiempo, el temible ejército acadio encontraría su Vietnam en una sangrienta y terrible campaña militar, Lubulli.

El primer imperio conocido de la humanidad fue el acadio, fundado por Sargón de AkhadNaram-Sin, su nieto, fue un digno sucesor en cuanto a conquistas, pues habiendo perdido todo el imperio al comienzo de su reinado, por culpa de una guerra civil, logró recuperarlo y aumentar las fronteras a costa, eso sí, de pasar a la posteridad como un gran conquistador pero un pésimo gobernante, pues hizo que el imperio acabase sumido en la ruina económica, social y demográfica. Uno de los recuerdos que nos quedan de él es un objeto conservado en el Museo del Louvre, en concreto, la Estela de Naram-Sin. Esta bella talla en piedra arenisca se ha hecho famosa en los últimos años gracias a que en muchos medios ufológicos la exponen como ejemplo de que hubo ovnis en la Antigüedad. El monarca estaría, según estos medios, observando dos ovnis en lo alto.

No deja de ser curioso que esos medios no hayan caído en el inocente detalle de que hay dos textos cuneiformes en la estela. En uno de ellos se explica que el objeto conmemora la victoria del rey acadio sobre los montañeses lullubis. Los dos “ovnis” son, simplemente, representaciones de los dioses a los que estaba dedicada la campaña militar, pues los templos de turno corrían con los gastos de intendencia. La mejor conservada es, claramente, la estrella deShamash (el dios sol) y la dañada parece ser la de Ishtar (diosa de la guerra, del sexo y el amor). A lo largo de los años la estela ha personificado el poderío militar acadio, pero en los últimos tiempos varios historiadores han comenzado a ver que hay algo raro en ella. Damos por supuesto que es una obra de autobombo típica de un monarca de la Antigüedad. El rey es más alto, más guapo, más valiente que nadie, y no sabía la lista de los reyes godos al derecho y al revés porque aún no se había inventado. Pero definitivamente algo no cuadra del todo. El primer elemento anómalo sería la duración de la campaña: unas versiones apuntan cinco años; otras algo más. Naram-Sin conquistó toda Ebla (Siria y parte del sur de Turquía), con 17 ciudades incluida una con triple muralla (Armanum), en menos tiempo. Arrasó desde la actual Siria hasta Gaza en menos aún. Sometió el Elam en una sola batalla. Los lullubis eran montañeses que vivían en lo que hoy son los Montes Zagros, en la frontera entre Irán e Iraq. ¿Cinco años para conquistar ese pedacito de terreno? Por si fuera poco, no mató Satuni, el rey lullubi. Firmó un tratado de amistad con él, lo que también es increíble porque al acadio le encantaba cortar gargantas. Dejó un rastro de más de 40 gobernantes muertos. Y más increíble es que, al parecer, los acadios no conocieran el nombre de la capital lullubi, ni su localización, al contrario que en los demás casos. Hoy en día, por culpa de ello, no tenemos ni idea de dónde estaba situada. Sabemos que Naram-Sin era algo mentirosillo. En su estela del Monte Taurusasegura haber matado a 17 reyes eblaítas, pero gracias a la biblioteca real de Ebla sabemos que, salvo dos, el resto eran simples gobernadores… o incluso menos. Al acadio le gustaba exagerar.

Todo esto nos hace imaginar un panorama distinto al que el monarca nos quiere hacer ver en la estela. Los Montes Zagros son muy escarpados, y en tiempos de de los acadios, además, estaban cubiertos por grandes y espesos bosques de cedros y coníferas. Imaginemos a un ejército triunfante que avanza por un terreno desconocido, del que no sabe ni dónde están las ciudades, ni los puntos de vaguada. Soldados entrenados para utilizar dos armas fulminantes, la falange de infantería y el arco compuesto, pero que ven que son inútiles en un terreno escarpado, boscoso y abrupto. Guerreros que pasan hambre porque no saben dónde está la comida,  y que son emboscados día y noche por enemigos armados con hachas arrojadizas que conocen el terreno a la perfección ¿Qué nos recuerda esto? Un nombre viene a nuestra mente: Vietnam. Todos los grandes imperios tuvieron un mal día, un talón de Aquiles. Por lo visto, los lullubisfueron el hueso que se le atragantó a la maquinaria bélica acadia. Después de años de bajas, de sufrimiento, de gastos, y de no saber ni la distancia a la que estaba la capital enemiga, el rey acadio optó por hacer el paripé: firmar un tratado inexistente o mero papel mojado, darle unas palmaditas al colega Satuni y largarse silbando mientras se alega que París es bonito en primavera. No es el primer caso de la Antigüedad en que un monarca absoluto levanta un monumento para disimular un dolor de callos.

Esto nos indica varias cosas: que no hay enemigo pequeño y los kurdos son gente dura de pelar, pues se piensa que son los descendientes de los lullubis; que incluso de los fracasos puede salir una bellísima obra de arte; que no hay que creerse todo lo que diga un monarca absoluto y, menos aún, si se nos muestra con un marcado amor por las proporciones exageradas (dime de qué presumes…); y, por supuesto, que aunque tengas a dos ovnis de tu parte puedes sufrir, a fin de cuentas, un mal día.

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